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Gutiérrez se apoyó en un
discurso y actitudes 'revolucionarios' durante su campaña política. A poco de llegar al
poder, no obstante, transformó el traje militar de campaña por elegantes ternos
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Lucio Gutiérrez cayó por la imposibilidad de
armar un conjunto de alianzas políticas y sociales que le dieran sustento a su Gobierno.
No fue un problema de los últimos meses y semanas de su gestión; fue un problema que le
persiguió desde la segunda vuelta electoral. Gutiérrez tampoco es una excepción de la
política ecuatoriana de los últimos 25 años, aunque su caso, como todos, sea
particular. Se convirtió en un presidente más sacrificado por el sistema político y las
prácticas de sus principales actores, los partidos.
La pregunta que habría que formularse es por qué Gutiérrez no logró consolidar una
base de apoyo que le diera estabilidad política. Mi hipótesis es que esa limitación se
debió, básicamente, a la ausencia de un proyecto político claro para el Ecuador. Más
allá de su lucha para conquistar la Presidencia de la República, solo hubo una gran
improvisación. Su falta de visión quedó plasmada en la reiteración de una suerte de
proclama ideológica desde la segunda vuelta electoral: no soy ni de derecha ni de
izquierda. No era fácil descifrar esa postura viniendo de una persona cuya historia
política personal se asoció con las luchas indígenas y cuestionó la política
dominante en el Ecuador. En retrospectiva, podríamos decir que su declarada neutralidad
ideológica fue solo una consigna para tomar distancia de sus aliados originales, los que
le llevaron al poder -movimientos sociales críticos, partidos de la izquierda marxista,
movimiento indígena y Pachakutik- y así aproximarse a lo que los politólogos denominan
'poderes fácticos'. Gutiérrez creyó, en efecto, que, para apuntalar su triunfo
electoral de la primera vuelta, debía lanzar guiños de ojos a todos los actores
poderosos: Iglesia, Fuerzas Armadas, Gobierno norteamericano, empresarios, bancos. Su giro
se expresó simbólicamente en el cambio del traje militar por unos elegantes ternos. Y su
discurso empezó a caer en las trampas de la ambigüedad. Los auditorios le impusieron las
palabras, dijo lo que querían escuchar. Tan repentino cambio provocó tempranamente una
primera gran interrogante: ¿quién es Gutiérrez?, ¿hacia dónde apunta?
La ruptura con los indios
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La relación con los
indígenas, iniciada en la caída de Jamil Mahuad, fue uno de los puntales en los que
basó el ex presidente sus primeras acciones. No obstante, no dudó en romper su alianza
con estos |
El inició del Gobierno confirmó las sospechas.
La firma en tiempo récord de un acuerdo stand by con el FMI, y la famosa declaración en
Washington, frente al mismísimo George Bush, de querer convertir al Ecuador en el mejor
aliado de los Estados Unidos, dio la tónica general de lo que se venía. Balde de agua
fría para la alianza y para el destino del Gobierno. La relación con el movimiento
indígena y Packakutik duró apenas seis tormentosos meses. No podía durar más. Los
pocos signos de una voluntad política de cambio por parte de Gutiérrez -ya para entonces
fascinado con el 'establishment' y el poder- más las permanentes críticas de sus
aliados, terminaron por romper un acuerdo forjado a raíz del 21 de enero de 2000. A sus
principales aliados les afectó una crisis de identidad de la cual no han logrado salir:
el duro tránsito de movimiento social contestatario y de partido político crítico a
fuerzas de gobierno. Ni la Conaie ni Pachakutik entendieron bien qué significaba ser
parte de un Gobierno, mucho menos traducir en propuestas de política estatal sus posturas
críticas. La suya fue, ante todo, una presencia simbólica, no por ello menos importante,
de ministros y funcionarios indígenas en el Gobierno y el Estado.
La ruptura de la alianza mostró, de otro lado, las distancias que separaban a Sociedad
Patriótica de Pachakutik. Diferencias profundas del significado que tenía el fenómeno
Gutiérrez, de cómo entender el país, de hacia dónde conducirlo y de cómo repartirse
de la mejor manera el botín estatal. Como trasfondo, una velada disputa étnica entre los
indígenas y sus intelectuales, partidarios de una visión multicultural de la sociedad
ecuatoriana; y los mestizos de clase media baja, formados en los cuarteles, de Sociedad
Patriótica. La ruptura de la alianza con los indígenas hizo que el Gobierno perdiera su
identidad original como un Gobierno diferente, comprometido con el cambio social y
cultural (el movimiento indígena simbolizó la transformación en los años noventa) y
crítico del sistema y los partidos dominantes. Gutiérrez quedó así atrapado en las
garras de Sociedad Patriótica, en las redes familiares y en la lógica tradicional del
sistema político. Además, los indígenas y Pachakutik plantearon inmediatamente la
renuncia del presidente. A esa oposición, que no dejaba espacios para el diálogo, se
unió muy pronto Rodrigo Borja, quien se ha vanagloriado de haber sido el primero en pedir
la renuncia a los tres últimos presidentes elegidos del Ecuador. Y lo ha hecho, según
él, como un homenaje suyo a la democracia.
Sobrevivir
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Conocedor de la influencia
que tienen las FFAA en el devenir de la vida institucional del país, Gutiérrez Borbúa
realizó múltiples cambios en la cúpula del organismo hasta lograr un alto mando de su
agrado |
Desde la ruptura con los indígenas, la estrategia
del Gobierno pareció seguir un solo objetivo: generar las condiciones mínimas para
sobrevivir. Triste destino para un Gobierno, cualquiera que sea. A Gutiérrez le empezó a
perseguir el fantasma de su dudosa legitimidad democrática. Más allá de haber sido
electo presidente a través de elecciones limpias, pesaba su pasado golpista, el hecho de
haber protagonizado una revuelta militar en contra de un Gobierno elegido
constitucionalmente. ¿Por qué no desplegar en su contra las mismas estrategias
utilizadas por él para derrocar a Mahuad? ¿Qué argumentos podía esgrimir para resistir
a una intentona desestabilizadora? ¿Por qué la oposición actuaría democráticamente
con alguien que no respetó antes las reglas del juego?
Sin los indígenas, el Gobierno quedó en una situación muy complicada: moverse en un
escenario de actores políticos tradicionales (los partidos a los que había criticado
durante toda la campaña electoral) para poder gobernar. Un escenario hostil, por su
puesto, con unos actores dispuestos a cobrarle al coronel su osadía. ¿Cómo se sostuvo
Gutiérrez? Fueron tres pilares los que intentó construir. El primero, una alianza
fantasma -para usar la expresión de Andrés Mejía- con el Partido Social Cristiano.
Vivió un año aliado al PSC, al partido oligárquico del Ecuador, al que más tarde,
¡vaya giro! convertiría en su principal blanco de ataques. Como toda alianza fantasma,
nunca se llegará a saber su costo político. La única teoría que se ha puesto en marcha
es la del bagazo como práctica socialcristiana: exprimen a los gobiernos hasta dejarles
como un desecho. El segundo eje fue apuntalar los apoyos desde las Fuerzas Armadas,
política que la implantó casi desde el inicio de su Gobierno. Algunos analistas llegaron
a decir, con cierta exageración, que las Fuerzas Armadas actuaban casi como partido de
Gobierno. Gutiérrez hizo de los cuarteles tribunas políticas para posicionar a los
militares detrás del Gobierno. Y el tercer eje, el más perverso de todos por los
antecedentes, fue dividir al movimiento indígena mediante una política burda de
clientelismo en las comunidades. De ese modo, se aseguraba el respaldo del bloque
parlamentario del PSC para neutralizar cualquier acción desde el Congreso; el apoyo de
los militares para evitar una intentona golpista; y la desmovilización de la posible
protesta social de los indígenas. Todo esto, habría que decirlo, bajo la mirada atenta
de los Estados Unidos, poco interesados en que nuevamente colapsara un Gobierno en el
Ecuador.
El andamiaje de gobernabilidad construido mantuvo sin variantes la gestión política:
salvo en la economía, nada, absolutamente nada innovador. Y por otro lado, continuó la
depredación de las entidades públicas y estatales por redes familiares y clientelares.
Un asalto al Estado de parte de la 'clase media baja', como dijo alguna vez Napoleón
Villa, del Gobierno. Fue quizá esta relación de Gutiérrez, de su grupo familiar y de
Sociedad Patriótica con el Estado, con los bienes públicos, la que generó las mayores
críticas desde la prensa, hasta provocar una confrontación permanente. El coronel acusó
a los medios de hablar verdades a medias, quiso enjuiciar a periodistas, hasta provocar
una ruptura del Gobierno con la opinión pública. Gutiérrez y sus ministros nunca
entendieron que ella está más allá de los medios; y que es necesario dialogar con ellos
para mantener un contacto con la opinión pública. Prefirió, tozudamente, las llamadas
encuestas de carne y hueso.
El viaje a Panamá
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La inmediata y estrecha
relación que tuvieron amigos y parientes del ex jefe de Estado con el poder fue uno de
los aspectos más criticados del anterior régimen. |
El coronel selló su futuro político la segunda
semana de septiembre cuando se reunió con Abdalá Bucaram en Panamá. El encuentro lo
alejó definitivamente de los socialcristianos para caer en brazos del Partido Roldosista.
La reunión con Bucaram significó subirse a la tarima, hacer suyo el estilo y el discurso
populista, ponerse la camiseta antioligárquica y jugar al riesgoso papel de salvador del
pueblo. ¿Por qué rompió Gutiérrez con el PSC y se volteó hacia Bucaram? Seguramente
porque siempre pensó que Febres Cordero era un aliado poco confiable. Lo había mostrado
en ocasiones anteriores: exprime a los gobiernos, nunca se juega por ellos y los abandona
por razones de estrategia electoral. El encuentro de Gutiérrez con Bucaram se produjo
poco antes de las elecciones de alcaldes en octubre. Las elecciones confirmaron resultados
que se anticipaban: una derrota del PRE, una pobre actuación de Sociedad Patriótica, y
un relativo crecimiento del PSC y la ID en sus principales bastiones (Guayaquil y Quito,
respectivamente) y en las áreas de influencia regional. Pachakutik, por su parte, obtuvo
un resultado bastante decente en las provincias con alta población indígena. Los
resultados no fueron buenos para el Gobierno, pero tampoco nada extraordinarios para la
oposición.
La lectura que hicieron los partidos ganadores de sus triunfos les llevó a tomar una
decisión clave: iniciar el juicio político al presidente de la República. No importaba
mucho de qué se lo enjuiciaría. Había llegado el momento de la vendetta de los dos
grandes partidos (ID y PSC) desafiados y calumniados por el coronel, y el momento de
cobrarle cuentas al traidor por parte de Pachakutik. Pesaban también, por supuesto, la
impopularidad y bajísima credibilidad del presidente. El momento crucial llegó el día
mismo en que debía definirse la suerte del juicio político. En una jornada parlamentaria
agitada, la oposición descubrió con desconcierto que había perdido la mayoría; que el
Gobierno la había desbaratado y logrado torcerla a su favor mediante una operación de
compra de diputados. Logró virar el fiel de la balanza en las relaciones de fuerza
parlamentarias. Tras la derrota del juicio político, vino una impresionante ofensiva para
controlar el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo Electoral y la pieza mayor: la
Corte Suprema de Justicia. Toda esa operación gracias a una alianza con el PRE, el Prian,
Sociedad Patriótica y los diputados independientes.
La ofensiva tuvo un mérito: mostrar de manera descarnada la manipulación de las
instituciones política, por parte de los partidos. Mostró sin pudor que no cuentan los
marcos constitucionales, las reglas, solo importa de qué lado está la mayoría. Ese
asalto a las instituciones provocó una crisis de constitucionalidad insostenible.
Paralizó al sistema político y llevó al colapso a las instituciones. El golpe que dio
el Gobierno deslegitimó el poder concentrado en ellas. Se sabía de antemano que los
tribunales actuarían a favor de los partidos de la mayoría, que la Corte de Justicia
fallaría a favor de Bucaram y sus socios, y que el Congreso haría lo propio. En la
medida en que esos poderes actuaban desde fuera de la ley, desde fuera de la
Constitución, sus decisiones serían impugnadas como ilegítimas. Se habló entonces de
Gutiérrez como un dictador. En cierto sentido, el gobierno se enfrentó a una gran
paradoja: controlar unas instituciones cuyo poder había quedado destruido. Controlaba un
poder que no podía ejercerlo legítimamente. Aún más, como se vio después, cada vez
que lo utilizaba, se desprestigiaba más el propio Gobierno, un poder que funcionaba en su
contra.
Gutiérrez creyó que una estrategia retórica antioligárquica ayudaría a legitimar el
asalto a las instituciones. Radicalizó desde entonces su discurso en contra de la
'oligarquía corrupta' y enfiló las críticas hacia su principal exponente, León Febres
Cordero. El viernes 17 de diciembre, cuando el gobierno recibía una avalancha de
críticas por la designación inconstitucional de una nueva Corte Suprema, el presidente
de la República afirmó muy desafiante que el Gobierno había declarado una 'lucha a
muerte a la oligarquía corrupta'. Gutiérrez sabía que la imagen de León Febres Cordero
era detestada por amplios sectores de la sociedad; que golpear a quien se ha considerado
como el 'dueño del país' durante tantos años, podía dar importantes réditos
políticos.
Pero si Febres Cordero es un aliado 'desconfiable', Bucaram es el peor de todos. El pacto
con el roldosismo, que incluía el regreso del 'líder de los pobres', abría una
gigantesca interrogante política: ¿el Ecuador resistirá un Gobierno orientado
exclusivamente por la lógica de la confrontación propia de la racionalidad populista?
¿Gutiérrez sabía en lo que se metía, sabía lo que estaba haciendo? ¿No se vería el
Gobierno arrastrado por el desprestigio del político que genera las mayores resistencias
en Quito y la Sierra?
Las protestas a las ciudades
Cerrado el espacio de las instituciones políticas, las protestas en contra del Gobierno y
su política inconstitucional se trasladaron a las ciudades donde los partidos de
oposición, triunfadores de las últimas elecciones, mantenían vivo su poder e
influencia. Guayaquil tomó la posta con la 'Marcha Blanca' convocada por Jaime Nebot. Las
consignas fueron, sobre todo, la defensa de la ciudad y las reivindicaciones vinculadas
con la autonomía. Fue, al mismo tiempo y sobre todo, una clara demostración de la fuerza
socialcristiana en Guayaquil. Una respuesta política, por lo tanto, a los intentos del
PRE y del Prian por romper la hegemonía del PSC. La marcha se convocó contra la barbarie
roldosista, el Guayaquil del Malecón contra el Guayaquil de la corrupción y la basura.
La convocatoria fue un éxito. Mostró la fortaleza de Nebot, de los socialcristianos y la
debilidad del PRE y del PSP.
Vino luego la respuesta de Quito con la 'Marcha por la Democracia'. A diferencia de la
Guayaquil, esta fue convocada por una suma de organizaciones ciudadanas a las que se unió
más tarde el alcalde Paco Moncayo. La marcha denunció al Gobierno de Gutiérrez como una
dictadura. Cerca de 200 mil personas desfilaron por las calles del centro histórico para
reafirmar su rechazo a la política del coronel, a sus abusos, a sus atropellos, a sus
arbitrariedades con el poder, a sus aliados. Una marcha festiva, alegre, que rompió con
un mito: la idea de que la democracia no moviliza, no convoca, no despierta adhesiones ni
compromisos desde los ciudadanos; que hay una vocación autoritaria escondida en la
conciencia política. Pero la marcha mostró lo contrario. Fue, en muchos aspectos, volver
sobre los presupuestos básicos de la democracia. Su sentido se expresó en las críticas
centrales a Gutiérrez: rechazó su autoritarismo desde el Estado de derecho; su abusiva y
falsa retórica antioligárquica desde una demanda auténtica de cambio social; la
manipulación de las instituciones políticas desde una defensa renovada de la
constitucionalidad; las críticas constantes a la prensa y a los periodistas desde la
defensa de la opinión pública y la libertad de expresión; y las amenazantes
contramarchas desde la defensa de las libertades políticas y civiles. Esta crisis mostró
que quien no controla las tres principales ciudades del país puede enfrentar serias
dificultades. Allí han surgido otros escenarios y campos de lucha: identidades locales
fácilmente movilizables en contra del Gobierno; liderazgos políticos prestigiados; y
partidos fuertes (el PSC y la ID). Si bien la alianza dio a Gutiérrez un blindaje para
protegerse de un juicio político en el Congreso, no le dio una estrategia para gobernar
el Ecuador. Más allá del reparto no hubo nada. Después de tres meses de alianza todo
estaba paralizado: la Justicia, el Congreso y el Ejecutivo. Las instituciones controladas
por la mayoría gobiernista se caían de ilegitimidad.
'Más loco que nunca'
La gota que derramó el vaso fue la designación del ya célebre 'Pichi' Castro, íntimo
amigo de Bucaram, como presidente de la Corte de Justicia. Imposible un desafío mayor,
imposible un descaro tan grande. A nadie le quedaba duda: el regreso de Bucaram era
cuestión de días. Conforme se agravó la crisis de la Corte, se aproximaba el regreso.
Vinieron las providencias en 'combo': los juicios contra Dahik, Noboa y Bucaram fueron
eliminados. Los tres prófugos de la justicia regresaron al Ecuador al unísono, para
consagrar la política de los hechos consumados. Y el 'Loco' regresó, en sus palabras,
"más loco que nunca". Regresó el 2 de abril para estar en el país apenas 18
días. Dieciocho días de infierno para Gutiérrez. En todo ese corto período, pagó su
osadía, su desmemoria y su provocación. Pagó su olvido de las movilizaciones de febrero
de 1997 en contra de Abdalá Bucaram, de su espectáculo, de la tarima, de las bailadoras
semidesnudas, de la retórica antioligárquica, de la corrupción. ¡Qué desmemoria y
qué torpeza! Como si la política surgiera de la noche a la mañana, por fuera de las
tradiciones de lucha y resistencia. Gutiérrez pecó de ignorancia política;
desconocimiento suyo, de sus asesores, de sus ministros y de Sociedad Patriótica, de las
tradiciones políticas de la ciudad de Quito.
Bucaram encendió la mecha final. El miércoles 13 de abril se realizó un paro provincial
en Pichincha y Azuay para pedir la salida de Gutiérrez por haber traído a Bucaram.
Ningún diálogo para arreglar la Corte prosperó. Fue un juego burdo y tramposo el que
montó el ex ministro Óscar Ayerve. Las negociaciones se entrampaban cuando se topaba el
tema de Bucaram. El gobierno pretendió cesar la 'Pichicorte' sin topar las resoluciones a
favor de Bucaram. El Gobierno hizo suya la inocencia de su aliado, se jugó entero por él
y se ganó, con ese gesto, la enemistad definitiva de la mayoría de los quiteños. En la
tarde del miércoles 13, cuando el régimen proclamaba su victoria después de un paro a
medias en Pichincha y casi total en Azuay, arrancó la revuelta. La propiciaron radio La
Luna y Paco Velasco con sus convocatorias a los 'cacerolazos', al 'reventón', al
"tablazo" y a la multitudinaria marcha el martes 19 de abril desde la Cruz del
Papa hacia el centro histórico (marcha duramente reprimida). La Luna captó el
sentimiento profundo de rechazo al Gobierno entre la mayoría de habitantes de Quito.
Desde el miércoles 13 en la noche el Gobierno se vio enfrentado a las protestas y a una
mayor vulnerabilidad de su posición en el Congreso. Las manifestaciones apuntaron ya a la
salida del presidente de la República. Las equivocaciones finales del Gobierno vinieron
una tras otra, hasta llegar al miércoles 20 de abril cuando la situación se volvió
insostenible. Se equivocaron Gutiérrez, todos sus asesores y su primo, el inefable Renán
Borbúa. Haber organizado la venida de unas hordas de matones para agredir a los quiteños
movilizados, bajo la peregrina idea de que con ello aplastaban la protesta, solo podía
ocurrírsele a quien, por ignorancia y torpeza, desconoce la historia política de la
ciudad. Se activó la defensa territorial de Quito frente a quienes pretendían ocuparla.
El símbolo de la movilización fue el movimiento ciudadano autoidentificado como
'forajido'. La expresión utilizada por Gutiérrez para criticar a quienes habían
protestado frente a su casa días antes, en el inicio de las movilizaciones ciudadanas
convocadas por La Luna, fue resignificada y apropiada para dar identidad y fuerza a
quienes querían echarlo del poder. El miércoles 20 al mediodía la suerte de Gutiérrez
quedó definida en las calles de Quito, tomadas por los manifestantes; y en las
disquisiciones del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Cayó el 'dictócrata' en
medio del júbilo. Las movilizaciones 'forajidas' terminaron con su triste paso por el
poder. Interpreto los anhelos y demandas del movimiento que lo derrocó no desde las
movilizaciones finales de los forajidos sino desde la 'Marcha por la Democracia': volver a
reencantarse con la idea de una convivencia democrática; rechazar cualquier forma de
autoritarismo desde la idea de un Estado de derecho; impugnar una retórica política que
nos trate como a pueblo, sin derechos ni espacios propios; y defender sin restricciones la
libertad de expresión y las libertades políticas y civiles. Y, por supuesto, una
distinción nítida entre lo público y lo privado por parte de una clase política que
puesto en el banquillo de los acusados.

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