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El ex subsecretario de
Bienestar Social, Bolívar González, además de ser uno de los 'duros' del régimen,
fungía como el verdadero titular de esa cartera. En la foto, promociona un plan de
vivienda |
Bolívar González hablaba mucho. Era directo
contra sus opositores. Se lo acusó de racista. Hacía y deshacía en el Ministerio de
Bienestar Social. Antonio Vargas prefería el silencio y no tomaba decisiones. Los dos
hicieron un gran equipo para los intereses de Lucio Gutiérrez: captar el mayor número de
simpatizantes, organizaciones indígenas y sociales, que le garantizaran apoyo político,
una presencia masiva en los actos proselitistas y oficiales, sin descontar la creación de
grupos para atacar hasta con armas de fuego a los 'forajidos'.
A González, todos los empleados de esa cartera de Estado le tenían temor. Unos superaron
el miedo acatando todo y alabándolo. Así podían recibir su recompensa: ubicarse en
otras entidades con sueldos altos y beneficios extras: viajes, vehículos, pases a actos
artísticos y la promesa de nuevas oportunidades. Sus opositores se quedaron callados.
Ahora cuentan muchas de las decisiones oficiales y 'privadas' que tomaba el ex
subsecretario. Por ejemplo: todos los documentos no circulaban sin su sumilla. Incluso,
comentan que el mismo Vargas bajaba del décimo piso al despacho de González, a que le
autorizara sus 'iniciativas', no sin antes, pedir permiso a los guardaespaldas para
entrar.
Vargas firmó tres acuerdos para delegar sus funciones a González. El 29 de julio de
2004, estableció un 'encargo' de ocho días mientras viajaba a otras provincias; el 31 de
agosto, rectificó la palabra 'encargo' por 'delegar', sin fijar plazos. Y el 22 de
febrero de 2005, González, "haciendo uso de las facultades que le confiere el
acuerdo 4638 del 28 de enero", designó a Marco Andino, ex asesor de Vargas, como
director del ORI.
Requerido constantemente por los medios de prensa, González atacó desde la Agencia de
Garantía de Depósitos (AGD) a Lucio Gutiérrez y luego lo defendió con 'plata y
persona'. Para enfrentar a la Marcha por la Democracia, del 16 de febrero de 2005, fue el
artífice de la contramarcha, no solo porque movilizó alrededor de 50 mil personas, sino
porque también dio su propia batalla verbal. Retó: si salían 1 000 'pelucones', él
sacaría 20 mil indios. Como sus comentarios causaban risa, algunos canales de televisión
estaban 'encantados': lo visitaban en su despacho todos los días previos y posteriores a
la marcha. Así creó, la imagen de ser el hombre, duro, del régimen, pero muy pocas
veces se lo vio junto a Gutiérrez. En una entrevista con Diario HOY, en diciembre de
2004, dijo: "Al coronel hay que ayudarlo, porque no conoce a los políticos
ecuatorianos que son capaces de engañarlo. Yo no estaré a su lado, pero sí movilizaré
a mis simpatizantes, en todo el país, para respaldarlo". Al ser consultado si
aspiraba a la Presidencia de la República, al hacer proselitismo, respondió: "No me
hace falta. Yo ya tengo todo y he hecho de todo. ¿Para qué? ¿Para que me boten al otro
día?".
Quien mejor describe su personalidad es el analista político Felipe Burbano: "Burdo
en sus apreciaciones, ignorante en sus concepciones políticas. Profundamente racista.
Humilló a los indios, quiso manejarlos como manadas gobiernistas. Amenazó con
movilizarlos cada vez que los 'pelucones' salieran a las calles. Usó un lenguaje sobre
los indios que pensábamos desterrado del discurso público luego de 10 años de
movilizaciones y luchas indígenas. Él las ignoró completamente. En cada una de sus
palabras, el Ecuador retrocedía décadas enteras; en cada una de sus expresiones, se
diluía toda dignidad política, toda construcción democrática. Fue la punta de lanza
del Gobierno para dividir al movimiento indígena, para comprarlo, para corromperlo allí
donde era posible, para domesticarlo con unas fundas de comida. Actuó sin ningún límite
ético. Contrató matones para que vinieran a golpearnos, a dispararnos. Me alegra
recordar la indignación y la furia de esos ciudadanos que lucharon -no hay otra palabra-
para ocupar el Ministerio de Bienestar Social. Me alegra pensar que las palabras de
González nos hirieron, nos afectaron, nos dolieron, y que no permitimos que se quedaran
en la impunidad, como si nunca se hubieran dicho".
¿Divide y vencerás?
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Una de las estrategias
utilizadas por el anterior Gobierno fue crear división en el movimiento de los
indígenas. En la gráfica, indios de la Sierra, traídos por el régimen, en una marcha
por Lucio Gutiérrez |
El 19 de abril de 2005 se iniciaba la
construcción de la 'Conaie paralela'. Antonio Vargas y Bolívar González cumplían así
un proyecto cocinado desde 2003: poner de lado del Gobierno de Lucio Gutiérrez a la
mayoría de organizaciones indígenas.
La realización del congreso extraordinario, en Quito, de la Confederación de
Nacionalidades Indígenas de la Amazonía (Confeniae), la Confederación de Nacionalidades
Indígenas de la Costa (Conaice) y algunos grupos de la Sierra, con el financiamiento del
Ministerio de Bienestar Social y varias organizaciones no gubernamentales, era, en la
práctica, la última acción de una serie de medidas para desmantelar la Confederación
de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), como denunció su vicepresidente,
Santiago de la Cruz. Para ello, el ex ministro y ex subsecretario de Bienestar Social
contaban con el apoyo de varias figuras o ex dirigentes del sector. González dijo, días
antes de la caída del régimen gutierrista, que no había detrás ningún proyecto
político sino solo "una convicción de servicio". Los dirigentes indígenas
opositores a Gutiérrez admitieron la fortaleza de la convocatoria, pero que estaba
"inspirada en ofrecimientos de proyectos, entrega de combos alimentarios y un
sinnúmero de acciones de corte asistencialista".
A ese congreso se llevó la propuesta del Plan 2006: varios proyectos sociales y de
infraestructura de entidades gubernamentales, como el Consejo de Desarrollo de Pueblos del
Ecuador (Codenpe), entonces dirigido por Nelson Chimbo, dirigente de Amauta Jatari, el
movimiento que auspició la candidatura presidencial de Vargas.
En el encuentro, se analizó la crisis política y el posible reemplazo de la cúpula de
la Conaie por no cumplir con la resoluciones de las bases indígenas. "Estas
decidieron que la dirigencia de la Conaie debe cumplir los mandatos", aseguró José
Quenamá, presidente de la Confeniae.
Pero todas las decisiones y planes aprobados quedaron en la carpeta de los dirigentes al
otro día, tras la destitución de Lucio Gutiérrez, la huida de Bolívar González y el
retorno a su tierra de Antonio Vargas. Desde ese día, no se volvieron a pronunciar sobre
la creación de una Conaie paralela.
El primer antecedente público del sueño de Vargas y González ocurrió en diciembre de
2004, cuando se quiso boicotear el último congreso de la Conaie, en Otavalo. El otro
indicio fue el intento posterior de los seguidores de Vargas de tomarse la sede de la
entidad, en Quito, que dificultó la posesión del nuevo Consejo de Gobierno, presidido
por el dirigente histórico Luis Macas.
Y en las últimas semanas, previas al 20 de abril de 2005, se verificaba la intensa puja
por el control de la Confederación de Indígenas de la Amazonía (Confeniae), filial de
la Conaie, cuya presidencia se disputaban José Quenamá (apoyado por el ex ministro) y
Luis Vargas (dirigente achuar con apoyo de la Conaie). El desenlace de esa puja sería
determinante: si se ratificaba a Luis Vargas, la posición de Antonio Vargas perdería
fuerza dentro del propio régimen.
Las piezas del operativo 'Conaie paralela' eran los hombres cercanos al ex ministro de
Bienestar Social: Ángel Gende (ex dirigente Tsáchila), Carlos Cuji (chofer), el
arquitecto N. Proaño y Alberto Zimbaña, (ex director del ORI). Y ese equipo tenía sus
'lugartenientes' en Cotopaxi: Manuel Miningalli, Juan Choloquinga y Alfredo Toaquiza; en
Chimborazo e Imbabura, dirigentes de base de la Federación de Indígenas Evangélicos
(Feine); en Tungurahua, Juan Tisantuña, Segundo Chiluisa y los directivos de Chibuleo; en
Santo Domingo de los Colorados, Ángel Gende y William Aguavil, quien al final se habría
separado del grupo; en la Amazonía, José Quenamá (Cofán), los ex diputados, de
Pastaza, Héctor Villamil y, de Napo, José Avilés, el dirigente huaorani Juan Onamenga y
los dirigentes secoyas.
La fuerza amarilla
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El nombramiento de Antonio
Vargas como ministro de Bienestar Social se interpreta como una jugada del Gobierno para
dividir a los indios |
Y es que Bolívar González pensaba en grande y en
varias direcciones. Para él no solo estaba en la mira el movimiento indígena. En varias
ocasiones confesó que en su escritorio reposaban 6 000 carpetas de igual número de
fundaciones. Las investigaba por sospechar que recibían dinero del extranjero, no
rendían cuentas al fisco y algunos de sus dirigentes vivían como reyes.
Una de las primeras en sufrir su ataque fue la Fundación Mariana de Jesús. La clausuró
el 14 de febrero de 2005, con la colaboración de un piquete de 30 policías y ocho
abogados e interventores del Ministerio de Bienestar Social y entraron a las oficinas con
el propósito de "liquidarla". No hubo ningún anuncio previo sobre esta medida.
Federico Sanfeliú, representante de la Fundación, denunció que se ordenó a los bancos
bloquear sus cuentas y calificó a la medida de ilegal. Para los empleados, la finalidad
de esta acción policíaco-ministerial era apropiarse del trabajo de la Fundación, que
cuenta con un fondo donado por María Augusta Urrutia. También fue interpretada como una
retaliación por las críticas y protestas que varias fundaciones han realizado en contra
de esta cartera de Estado, por no entregar $10 millones del ORI para el Fondo de
Desarrollo de la Infancia. También se especuló que González quería apropiarse de los
planes de vivienda de la Fundación para su plataforma política.
Diez días después, ante la presión de la opinión pública y las demandas legales, el
Ministerio de Bienestar Social dejó insubsistente la medida.
No se quedó tranquilo el ex subsecretario. El 6 de marzo de 2005, los moradores de la
ciudadela Unión de Bananeros, al sur de Guayaquil, denunciaron que el Ministerio de
Bienestar Social condicionó la ayuda económica a la fundación Clemencia, que atiende a
ancianos pobres y administra una guardería para ayudar a madres que trabajan, a cambio de
publicitar el hecho.
Y en todo momento también contó con el apoyo de un sector que, aparentemente, le
serviría como fuerza de choque permanente: los transportistas y, en particular, los
taxistas. Nada era gratis. El 2 de febrero de 2005, la llamada 'fuerza amarilla' sería el
primer sector beneficiado del pago de la deuda social anunciado por el Gobierno de
Gutiérrez. En el Ministerio de Bienestar Social, el Banco Nacional de Fomento y la
Federación Nacional de Taxistas suscribieron un convenio para adquirir 3 500 vehículos
exonerados de impuestos. El convenio contemplaba la entrega hasta $5 000 a cada taxista, a
un interés del 8% y un plazo de 36 meses. Adicionalmente, Bolívar González anunció que
ese sector se favorecerá de 55 mil casas a lo largo y ancho del Ecuador.
El 20 de abril de 2005 todo quedó en planes y promesas, porque el 'asalto' a las
instalaciones del Ministerio permitió que desaparecieran muchos documentos del despacho
de González. Solo se encontró en las bodegas, cientos de antorchas y combustible para
las marchas que esa noche debían consolidar el apoyo a Lucio Gutiérrez. Y desde ese
día, González desapareció. Solo un escrito en su defensa judicial indica que había
renunciado al cargo desde el 18 de abril, pero muchos funcionarios lo vieron hasta el 19
en sus oficinas.

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