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El actual proceso
democrático, iniciado en 1979, afrontó problemas de estabilidad y legitimidad de las
acciones desde su inicio. Jaime Roldós (foto) y Osvaldo Hurtado, fueron prueba de aquello |
El presente ensayo tiene por objeto reflexionar
sobre el futuro de la política nacional luego de la caída, fuga y exilio del presidente
Lucio Gutiérrez Borbúa.
Pronosticar el futuro político del Estado y la sociedad ecuatoriana no es tan fácil como
el pronóstico atribuido al jefe de la etnia Colorada, Abraham Calazacón. El humor
quiteño, que tan bien reflotó en las aguas de la revuelta de abril, cuenta que un joven
emprendedor viajó hasta el fondo de la selva subtropical de Santo Domingo de los
Colorados para pedir al jefe de esa etnia que le enseñara a pronosticar el futuro. Era el
filo de la medianoche. Don Calazacón, recibida la paga, introdujo al joven aprendiz en
una choza de bambú y techo de palma, entre un croar de sapos y un refulgir de
luciérnagas. El maestro pidió al aprendiz que se quedara totalmente en cueros y que, una
vez encuerado, se pusiera en cuatro. El joven aprendiz cumplió con la primera parte de
las instrucciones pero se rehusó a ponerse en cuatro: -"Es que, Don Calazacón,
usted me va a hacer algo malo". -"Ya ves, le respondió el brujo, ya vas
aprendiendo a adivinar el futuro inmediato".
Roldós y Hurtado
El futuro es hijo del ayer y nieto del anteayer. Corría el año de 1978 cuando el Consejo
Supremo de Gobierno de la dictadura militar preparaba el retorno a la democracia. Por
poco, este retorno corrió el riesgo de caer en manos de los llamados patriarcas de la
componenda: los viejos políticos liderados por León Febres Cordero y Sixto Durán
Ballén. Los dos cerraron el paso al patriarca de la componenda populista Assad Bucaram,
pero no pudieron impedir que gente joven y nueva adviniera al poder.
Jaime Roldós y Osvaldo Hurtado fueron elegidos para gobernar por cinco años. En el
Gobierno del primero estalló una "guerra" con el Perú y creció la deuda
externa. Una conspiración internacional mató, probablemente, al joven mandatario, según
un último libro escrito por un funcionario del Banco Mundial. La democracia empezaba a
desestabilizarse. Pero la sucesión de Roldós fue constitucional, y Hurtado debió
afrontar la crisis producida por la recesión de los países industrializados que
ocasionó una elevación de los intereses bancarios y un cierre del crédito internacional
a la América Latina. Las medidas de austeridad tomadas por Hurtado le valieron la
violenta oposición de todos los sectores políticos, empresariales y sindicales. Logró
mantenerse en el poder concediendo a los empresarios la sucretización de la deuda externa
privada de ellos y gracias a un talento político superior. Le golpeó luego la corriente
de El Niño. Con todo entregó a su sucesor León Febres Cordero un país y una economía
que empezaban a recuperarse.
León, Borja y Sixto
El nuevo presidente combatió con ferocidad a la
guerrilla y la extirpó, impulsó la recuperación de la economía, pero sufrió la
rebelión de un caudillo militar y más tarde fue secuestrado también por militares. Tuvo
que firmar una promesa de rectificaciones políticas. El creciente miedo del que se había
valido para gobernar, casi como un dictador civil, desapareció. Golpeado por El Niño y
un terremoto que afectó a las exportaciones petroleras, administró las finanzas
públicas en el último año de su Gobierno con la dañada intención de dejar malparado
el país que iba a ser gobernado por un contrincante ideológico, el demócrata social
Rodrigo Borja.
Durante el mandato de Borja, el movimiento indígena cobró importancia nacional y tuvo
éxito en sus reivindicaciones étnicas y agrícolas. La sociedad ecuatoriana se
democratizaba. A Borja, le siguió un presidente de ideología socialcristiana, pero que
ganó las elecciones con un partido formado tan solo para poder competir en ellas. Sixto
Durán Ballén pervirtió la función de los partidos. Este mal ejemplo habría de ser
seguido por el presidente Lucio Gutiérrez. El Gobierno de Sixto se caracterizó por la
corrupción legal, como fue el caso de la Ley de Instituciones Financieras, que dejó
huecos abiertos para la práctica legal de la piramidación bancaria, lo que habría de
incidir directamente en la crisis financiera de 1998 y 1999 y en la caída del presidente
Jamil Mahuad. Desarticuló a Petroecuador al privarle de un presupuesto propio, preparando
de esta suerte el camino a la privatización del petróleo, y fue corrupto por eficiencia
como en el caso del vicepresidente Alberto Dahik, quien dispuso ilegalmente pero no en
provecho propio de fuertes sumas del dinero nacional para gastos reservados.
De este breve recuento se puede concluir que fue la derecha ecuatoriana la que terminó
por desestabilizar a importantes instituciones del país. Los gobiernos del centro,
Roldós, y de modo particular Hurtado y Borja, administraron bien el Estado y no perdieron
su legitimidad como en el caso de Febres Cordero y Durán Ballén.
Los años de la desestabilización
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En el Gobierno de Abdalá
Bucaram se hizo patente el desgaste del sistema democrático ecuatoriano, iniciando una
época de inestabilidad. En la foto, el ex mandatario, canta junto al grupo Los Iracundos |
Tras el Gobierno de este último habrían de venir
10 años desestabilizadores que culminaron en el caos político de la presidencia de Lucio
Gutiérrez.
Abdalá Bucaram gobernó con insensatez y escándalo y se cavó la propia tumba pese a un
plan económico razonable. Fue el pueblo de Quito quien lo arrojó del poder, pero un
pueblo instrumentalizado en su indignación por fuerzas políticas, entre ellas, el Social
Cristianismo y la Democracia Popular. Le sucedió, en el fondo inconstitucionalmente, el
presidente Fabián Alarcón, quien legitimó su designación de presidente con una
consulta popular, pero su Gobierno permitió que creciera la corrupción de modo más
abierto. Jamil Mahuad tuvo su momento de gloria cuando dio fin al secular y costoso pleito
fronterizo con el Perú. Pero cayó víctima de la crisis financiera, la corrupción
electoral y la arterioesclerosis. Tras una ruptura constitucional organizada por el
coronel Lucio Gutiérrez, una facción del movimiento indígena y un grupo de coroneles,
que no lograron hacerse con el poder por la intervención de los Estados Unidos y las
rivalidades en la cúpula de las Fuerzas Armadas, sucedió constitucionalmente a Mahuad el
vicepresidente Noboa. La caída de Mahuad fue inconstitucional. En el Gobierno de Noboa,
metieron también la mano grupos oligárquicos guayaquileños como se demostró con el
nombramiento de sucesivos ministros de Finanzas y Economía, quienes sin razón en unos
casos y con razón en otros ocasionaron escándalos que dañaron la administración Noboa
y determinaron que, una vez fuera de la Presidencia, tuviese que pedir asilo político en
el exterior. Se repetía la historia de la derecha política: manejar el Estado sin
distinguir los límites de lo privado y lo público.
Gutiérrez
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Radio La Luna, emisora que
expresó a través de sus transmisiones el descontento popular, fue custodiada durante la
revuelta por grupos de los forajidosa |
Cuando pujaron por elegirse las figuras
relativamente nuevas de Gutiérrez y del oligarca banquero y exportador Álvaro Noboa, y
las ya gastadas de León Roldós, Rodrigo Borja y Osvaldo Hurtado, el pueblo resentido por
los efectos personales de la crisis financiera sepultó políticamente a Hurtado, dejó
malparados a Borja y a Roldós, y creyó en las zalamerías de dos partidos nuevos,
creados exclusivamente para la contienda electoral: Sociedad Patriótica, que no pasó de
ser una sociedad de ignorantes y oportunistas, y el Prian, un partido que de
revolucionario nada tenía, pues resultaba una informe mezcla de caudillismo populismo e
intereses oligárquicos de la banca y la exportación.
Gutiérrez no tenía mérito alguno para ser presidente, como lo demostró hasta la
saciedad. Ofrecía, sin embargo, la esperanza de que representaba a una clase social que
nunca había llegado al poder desde la fundación de la República.
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Una de las imágenes más
claras de la ira popular en contra de los miembros del anterior Gobierno fue el ingreso
violento que hicieron los quiteños al aeropuerto para impedir la huida de Gutiérrrez |
La clase de los longos. Esto no se ha dicho nunca
por escrito a causa del miedo de que quien lo diga sea tachado de racista. Ya es hora de
descontaminar este término de su connotación insultante, puesto que describe bien un
estilo de vida y aspiraciones y comportamientos. Gutiérrez estuvo respaldado por un
partido que representaba a los indios. El significado histórico y social de su triunfo
era esperanzador. Había renovación en la política y en la sociedad ecuatoriana.
La Izquierda Democrática había sucumbido por los peligros del personalismo de Borja y
por la mediocridad de la mayoría de sus dirigentes. León Roldós nunca representó a un
movimiento organizado. Cosechaba el nombre y el recuerdo de su hermano, la exitosa
gestión en la Universidad de Guayaquil y los atinados comentarios en la prensa y en la
televisión de propiedad de empresarios centristas.
Un binomio de Roldós y Borja o de Borja y Roldós habría convenido al pueblo y al Estado
ecuatoriano. Pero no fue posible por egoísmos personales. Una vez más, lo privado se
imponía al bien común. El Partido Social Cristiano no tenía un caudillo con
probabilidad de triunfar en las elecciones presidenciales. Triunfó en las del Congreso
gracias al arrastre de su plaza fuerte en Guayaquil. Además, lo que importaba a la clase
dominante de Guayaquil ya no era la Presidencia de la República sino la autonomía de la
provincia. Así pues, los dos partidos nacionales se pusieron a estorbar el Gobierno de
Gutiérrez. El Partido Roldosista de Bucaram esperaba en la sombra. Y vino lo que vivimos
más intensamente entre diciembre de 2004 y abril de 2005.
¿Qué será?
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Ramiro González (Izq.),
prefecto de Pichincha, y Paco Moncayo, alcalde de Quito, aparecieron como los líderes
más constantes de la oposición al régimen de Lucio Gutiérrez, incluso en las calles |
¿Cabe, entonces, decir que el pueblo se ha equivocado en las urnas? ¿No es más objetivo
afirmar que la conducta poco responsable de los partidos políticos le ha puesto al pueblo
en la ocasión de equivocarse en las elecciones presidenciales y que una Constitución
política irreal y mañosamente escrita le ha puesto al pueblo en el despeñadero de la
equivocación? ¿Por qué este mismo pueblo tan zarandeado, en general, no se ha
equivocado al elegir a los gobiernos seccionales?
Hechas estas consideraciones, no fue la oligarquía ni la Izquierda Democrática las que
lideraron la rebelión de la conciencia de los quiteños de la clase media y alta. Estas
clases sociales se levantaron no por un motivo económico inmediato, pero sí por una
razón económica de mediano plazo: ¿qué iba a ser del futuro de sus hijos, de
ordinario, medianamente bien educados en el propio país o en el exterior? Lucharon por la
posibilidad de una vida digna para sus hijos. El pueblo más consciente no estaba en el
país: había emigrado a los Estados Unidos, España e Italia. A diferencia de la
oligarquía y de la clase alta, no depositaba sus ahorros en el exterior sino los mandaban
a sus familiares, aquí en la patria. El pueblo estaba maniatado por los bonos del
Gobierno, la compra de conciencias en el mercado del Ministerio de Bienestar Social y la
fidelidad de los descamisados al liderazgo de Abdalá Bucaram. El pueblo quiteño solo se
rebeló el último día, cuando debió defender su ciudad de los invasores atizados por el
Gobierno, que propiciaba criminalmente el comienzo de una guerra civil. El Partido Social
Cristiano esperaba el momento de cosechar el resultado de la rebelión quiteña. Y
completaba el final de la primera etapa de autonomía de la provincia del Guayas.
Desde este anteayer y ayer hay que ensayar un pronóstico del futuro inmediato y mediato.
Tras las caídas de Abdalá Bucaram y Jamil Mahuad nada cambió. La vieja guardia
política, la vieja oligarquía, siguió en el poder directa o indirectamente. Más aún,
emergió en el horizonte una nueva oligarquía: la del Prian. Los banqueros de la
catástrofe de 1998 y 1999 seguían influyendo sobre todo por medio de la televisión, una
televisión irresponsable y regionalista.
Lo nuevo en la caída de Gutiérrez es el movimiento de la clase media y alta de Quito. De
modo que el porvenir inmediato y mediato radicará en la capacidad de organización de
estas clases quiteñas, en la perseverancia en la lucha y en la capacidad para expandir la
protesta a las clases medias y altas de las ciudades de la Sierra, Manabí y Esmeraldas y
a la capacidad de proponer opciones nuevas y reales, vigilar socialmente, y salir a las
calles con método y perseverancia. La autonomía del Guayas conllevará la sujeción de
las provincias de Los Ríos y El Oro al nuevo poder guayaquileño.
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Tras la caída de Lucio
Gutiérrez, y la concesión de refugio a este en la residencia del embajador brasileño en
Quito, las protestas se mudaron a las afueras de ese inmueble |
Por lo pronto, el presidente Palacio y su Gobierno
no han escuchado bien las propuestas de la rebelión quiteña. Las han escuchado a medias,
y en su afán de formar un Gobierno de concertación nacional han identificado la nación
con Guayaquil.
Hay una promesa de asamblea constituyente y de consulta popular. La clase media y alta de
Quito, que han empezado a participar en la vigilancia política y que se reconocen con el
nombre de los forajidos y sobre todo las forajidas, si intensifican su acción ciudadana
de un modo ordenado, metódico, coherente y perseverante, tendrán que llegar a la
consulta y a la Asamblea con propuestas concretas, sensatas, mensurables, exigibles.
Tienen que buscarse un líder que sea mujer y joven. La que ha destacado por su
pensamiento articulado, su sensatez, su buena participación y su solidaridad con los que
se tomaron la catedral es la abogada Romo.
Este movimiento unificado debe controlar socialmente al Congreso y no permitir que ni los
supremos jueces ni los miembros del Consejo Nacional de la Judicatura ni los Tribunales
Constitucionales y Electorales se roben los frutos de la rebelión quiteña. Si roban y
dejan estos robos impunes, el movimiento que culminó el 20 de abril se morirá de
pulmonía.
Si forajidas y forajidos llegan a influir significativamente en la consulta y en la
asamblea, tendrán que alinearse en los próximos cinco años por una sola y única causa:
rescatar la educación pública de manos del Movimiento Popular Democrático y de la
Unión Nacional de Educadores. Por aquí anda el qué será de la rebelión quiteña. De
modo que la lucha apenas si ha comenzado.

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