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El pacto entre el PSP, y el
PRE en el Congreso, que concluyó con el regreso de Bucaram, se considera el inicio del
fin del gutierrismo. En la foto, Omar Quintana (PRE) y Gilmar Gutiérrez |
El comienzo del fin del Gobierno del coronel Lucio
Gutiérrez se inició el lunes 31 de agosto, a medianoche, en el noveno piso del Hotel
Cesar Park, de Panamá. El presidente había viajado a ese país para asistir a la
posesión de Martín Torrijos como nuevo mandatario panameño. Voceros oficiales
anunciaron que la agenda presidencial no incluiría reunión alguna con Abdalá Bucaram,
ex presidente prófugo de la justicia y asilado por más de siete años en Panamá. El
propio Gutiérrez negó, a las 16:30 del martes, que se reuniría con el líder populista.
Pero dos horas después, a dos cuadras del hotel en donde se hospedaban los mandatarios
que llegaron a la transmisión del mando, el líder del PRE anunció, mientras jugaba un
partido de baloncesto, que esperaba una llamada telefónica de Gutiérrez para fijar la
hora de la reunión. Y, efectivamente, poco antes de la medianoche, ingresó por la puerta
trasera al Cesar Park, en compañía de su hijo Jacobo; antes de ascender al noveno piso,
donde le esperaba el presidente Gutiérrez, se detuvo en el quinto, para reunirse con
otros de los acompañantes a la cita: el ministro de Vivienda roldosista Bruno Poggi, la
diputada y cantante de la farándula Silvana Ibarra, y Zoila Navas, la embajadora del
Ecuador en Panamá, un nombramiento más por la abultada cuota política del gutierrismo
en el servicio diplomático.
Después de los saludos de rigor, el ex presidente y su ex edecán y entonces presidente
de la República se encerraron solos para mantener una reunión, sin testigos, que se
prolongó por dos horas. Después de despedirse de Gutiérrez, Abdalá Bucaram celebró,
en la madrugada, con una suculenta cena junto a sus acompañantes, el final auspicioso del
pacto político para su retorno al país.
Al día siguiente, tomó la iniciativa de anunciar los términos del acuerdo: el
presidente de la República se había comprometido a integrar una comisión especial de
juristas "para que estudiaran una salida definitiva a la situación judicial de
Bucaram". Sobre él pesaban dos juicios de peculado: el primero, por el uso de los
fondos reservados, de cuya cuenta retiró los últimos días de sus mandato un equivalente
de alrededor de $3 millones, y el segundo, por las Mochilas Escolares, un contrato con
astronómico sobreprecio. Bucaram aspiraba a que el Gobierno avalara el amparo
constitucional concedido, de forma abusiva y arbitraria, por un juez de Esmeraldas; los
dos juicios habían llegado a la etapa de llamamiento a plenario, con orden de prisión
preventiva, y los procesos se hallaban en suspenso porque el acusado se encontraba
prófugo. La concesión de amparo para burlar una resolución de la Corte no tenía pies
ni cabeza.
A cambio de asegurar la impunidad para el retorno al Ecuador, el líder populista se
comprometió a dar instrucciones a los 15 diputados del PRE para que apoyaran el cambio de
la Corte Suprema de Justicia, del Tribunal Constitucional y del Tribunal Supremo
Electoral.
Aquellos anuncios tuvieron como colofón el ataque al ministro de Gobierno, Raúl Baca
Carbo, a quien trató de "delincuente común al servicio de León Febres
Cordero". La primera pieza que debía moverse para allanar el camino de regreso del
Bucaram era Baca, y así sucedió. Y fue designado como nuevo ministro de Gobierno Jaime
Damerval, que servía como anillo al dedo para iniciar la guerra de Gutiérrez contra
León Febres Cordero y los socialcristianos. Uno de las primeras declaraciones de Damerval
fue contra el alcalde de Guayaquil Jaime Nebot.
Del amor al odio hay solo un paso
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El distanciamiento entre el
líder del Partido Social Cristiano, León Febres Cordero (foto), y Lucio Gutiérrez fue
la razón principal de que el ex jefe de Estado buscara acercamientos con otros bloques |
Lucio Gutiérrez se caracterizó por las actitudes
erráticas, el decir un día una cosa y desdecirse al día siguiente y por las permanentes
contradicciones. Llegó a un proceso democrático y ganó limpiamente las elecciones, pero
con los antecedentes de haber dado un golpe de Estado, lo cual si en la Presidencia de
Gustavo Noboa no se hubiera concedido una amnistía, le habría inhabilitado para
participar en las elecciones. Llegó con el apoyo de los indígenas y un discurso de
izquierda, tanto que, cuando ganó las elecciones, fueron inevitables las comparaciones
con el coronel Hugo Chávez. Pero después de la visita oficial a la Casa Blanca, se
declaró como el mejor amigo y aliado de la administración de George W. Bush. El Gobierno
se encarriló por la ortodoxia económica aconsejada por los organismos multilaterales.
Muy pronto, además, se deshizo de los indígenas; para ellos, haberse asociado en la
aventura golpista y el paso por el poder representó un duro vendaval contra la unidad de
sus organizaciones, que sufrieron después una división auspiciada, desde el poder, por
el régimen. Gutiérrez buscó sustento político en la derecha socialcristiana, en el
Congreso y se reunió con Febres Cordero, para quien tuvo frases laudatorias.
Después, no se han evidenciado todas la razones del distanciamiento, pero los primeros
signos de enemistad fueron las peleas del primo del mandatario, Renán Borbúa, que se
vanagloriaba de haber protegido a Febres Cordero como comando de Taura, con el impetuoso
'dueño del país'. Para algunos, el fondo de la pelea solo escondía las tensiones por el
reparto de ciertos negocios entre los allegados de uno y otro bando.
La señales de la separación definitiva dio Febres Cordero, con todo el protocolo de
cacique pendenciero, cuando calificó al presidente de 'cojudo'. Se reconfirmaba también
así que, en el juego de intereses políticos, solo media un corto paso entre el amor y el
odio.
El anuncio de juicio político para destituir al presidente fue un costoso error para
quien era conocido como 'dueño del país', por la larga influencia en la Fiscalía, un
grupo de jueces de la Corte Suprema de Justicia y ciertos integrantes de los tribunales
Constitucional y Supremo Electoral. Sin contar con los votos para la interpelación, fue
una derrota política y dio una señal de una evidente de la debilidad política.
Además, Gutiérrez contaba a su favor con una paradójica ventaja: la inestabilidad que
había echado del poder a dos presidentes y a un vicepresidente, en los últimos ocho
años, movía a que la mayoría ciudadana se inclinara porque se mantuviera en el poder
Gutiérrez, directo protagonista de uno de los derrocamientos presidenciales.
El fugaz sabor de la victoria
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El bloque gobiernista logró,
con la ayuda del PRE, Prian y MPD, reestructurar en diciembre pasado la Corte Suprema de
Justicia y los tribunales Constitucional y Supremo Electoral |
El asalto final exigía relevo del ministro de la
Política. Entonces se incorporó primero a esa cartera a Xavier Ledesma Ginatta que se
retiró por razones de salud y después le sucedió Óscar Ayerve, preparado para el
trabajo político más crudo, aunque lejos de los conocimientos jurídicos de los que
hacía gala Damerval
Después de las elecciones seccionales, el Gobierno consiguió mayoría en el Congreso al
juntar los votos del PRE, del Prian del millonario bananero Álvaro Noboa; del MPD, de los
diputados tránsfugas, y los socialistas: en sesión del Congreso del 25 de noviembre se
apeló la dirección del presidente del Congreso, Guillermo Lanzázuri, de la ID, se
eligió segundo presidente a Jorge Montero y, con 55 votos, se destituyeron a los vocales
del Tribunal Constitucional y del Tribunal Supremo Electoral y se repartieron las
designaciones entre los partidos de la nueva mayoría. La decisión fue una evidente
violación constitucional. La destitución suponía un previo juicio político, como
observó el relator de las Naciones Unidas, Leandro Despouy, tras visitar al Ecuador en el
informe que presentó ante la Comisión de Derechos Humanos de la organización. Despouy
observó también que el Tribunal Supremo Electoral es una entidad política antes que un
organismo que imparta justicia en materia electoral. El nuevo presidente del Supremo
Electoral, Wilson Sánchez, del Prian, archivó la causa que se seguía a su propio
partido. Sánchez debía actuar como juez de coactivas para cobrar una multa impuesta por
el anterior Tribunal, que había sido satisfecha con Certificados de Depósitos
Reprogramados, pero que su partido quería que se recibieran por el valor nominal cuando
en el mercado se cotizan en un 25% ó 30% menos.
En conformación de los tribunales removidos estuvo también presente el reparto
partidista, pero la violación constitucional fue contemplada con indiferencia por la
mayoría ciudadana. Quizás influyó también que se la disimuló en el ambiente de
festividades de diciembre.
Para el 4 de ese mes, el presidente de la República convocó a periodo extraordinario del
Congreso con uno de los temas de la agenda, que anunciaba la intromisión en la Corte
Suprema de Justicia: "análisis y resolución sobre la situación jurídico
constitucional de la Función Judicial".
En la madrugada del 8 al 9 de diciembre los diputados tomaron por asalto la Corte: una
moción del diputado del MPD, Luis Villacís, planteó la resolución de destituir a los
magistrados, y por 52 votos se la aprobó.
El Congreso había perdido, en la nueva Constitución, la facultad de llamar a juicio
político a los magistrados de la Corte Suprema. El nombramiento de los jueces debía
sujetarse al principio de cooptación. No tenía la Legislatura potestad alguna para
destituir a la Corte y nombrar a otra, como lo hizo en esa misma vergonzosa sesión. La
elección de los nuevos jueces respondió al consabido reparto de cuotas partidistas.
El paso siguiente fue designar al Consejo Nacional de la Judicatura, con el mismo sistema
de reparto del botín partidista, y un paso ulterior que se truncó fue la elección de
fiscal general del Estado. De esta forma Bucaram, Gutiérrez y Álvaro Noboa saborearon el
placer de la victoria. El presidente de la República la manejó como una lucha contra la
oligarquía representada por el 'dueño del país' y esa presentación le hizo ganar bonos
de popularidad, según el termómetro de las encuestas de opinión.
Pero las cosas no siempre son como parecen. Gutiérrez, en esos momentos de triunfo, era
más débil que nunca porque estaba en manos de sus dos aliados, sobre todo de Bucaram, y
no podía dar más largas al pacto de Panamá.
El mejor regalo de Navidad
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La designación de Guillermo
Castro Dáger (izq.), cercano al PRE, como titular de la Corte Suprema de Justicia marcó
el camino que conduciría al regreso de Abdalá Bucaram al Ecuador |
Cuando Abadalá conoció el cambio de la Corte
Suprema declaró: "Este es el regalo navideño", y reconoció que había dado
dos nombres para integrar el máximo tribunal de justicia: Guillemo Castro Dáger y Carlos
Pozo.
La violación al principio de independencia de los poderes había sido tan burda que el
nuevo presidente de la Corte espuria, Ramón Rodríguez, en entrevista de televisión
llegó a confesar, con tanta ingenuidad como tontería, que el propio presidente
Gutiérrez le había llamado a proponer la función de magistrado. El presidente de la
República, como justificación de esa Corte, a la cual dio la categoría de transitoria
al percibir el rechazo ciudadano, expuso el argumento peregrino de que era mejor que la
anterior porque contaba con influencias de más partidos y no solo de uno como la
primera...
No obstante, el regalo completo de Bucaram llegó, en realidad, una semana después del
día de Reyes, el 12 de enero de 2005, cuando tras la renuncia de Rodríguez, según dijo,
por inconformidad en la manera de elegir a los integrantes del Consejo de la Judicatura,
el 'Pichi' Castro, como presidente subrogante, ni corto ni perezoso, asumió la
Presidencia...
Castro Dáger había sido amigo de Bucaram desde los 16 años de edad, militaba en el PRE
y había sido fiscal del Estado durante el Gobierno de Bucaram. Y desde el comienzo, para
curarse en salud, dijo que jamás se excusaría de conocer los procesos de Bucaram, como
pedían la ley y la ética.
El detonante para la caída
La 'Pichocorte', como se conoció a la Corte Suprema de Justicia de facto, fue uno de los
detonantes mayores de la caída del presidente Gutiérrez. La opinión pública rechazó
la arbitrariedad de su elección, y el movimiento Participación Ciudadana inició
acciones de protesta y rechazo contra los jueces espurios. La prensa nacional condenó la
violación constitucional y muy pronto también la prensa internacional se pronunció con
preocupación. Michael Shifter, por ejemplo, en Los Angeles Times, comentó que
"Lucio Gutiérrez está llevando a cabo un descarado e inconstitucional juego de
poder para tomarse con sus aliados políticos las instituciones judiciales", y
reclamó por el silencio de la administración estadounidense. "En más de una
generación, el Ecuador no ha sido testigo de una concentración de poder tan grande por
medio de clarísimos medios constitucionales", concluyó Shifter.
A ese diagnóstico se sumaron otros, como el pronunciamiento de las entidades
internacionales más prestigiosas que velan por la defensa de los derechos humanos, y el
informe del relator de las Naciones Unidas, que después de examinar in situ la crisis
judicial, concluyó con la relación de las graves irregularidades que se habían
producido en el Ecuador.
Castro Dáger contrató a un grupo de garroteros, comandado por Oswaldo Gallo, conocido
como invasor de tierras en Santo Domingo de los Colorados, para amedrentar a quienes
protestaban contra la Corte de facto.
No obstante, la gasolina que se echó sobre el fuego del creciente rechazo ciudadano fue
la resolución de Castro Dáger que anulaba los juicios penales contra Bucaram y, como
flotadores para el disimulo y para consumar la victoria sobre Febres Cordero, anuló de
paso los juicios contra el ex vicepresidente Alberto Dahik y el ex presidente Noboa.
El regreso de Bucaram por obra y gracia de la 'Pichicorte' resumía algunos de los vicios
más repudiables de la política ecuatoriana: la burla de la ley y de la ética, la
corrupción, el descarado abuso, la sujeción del bien general a los intereses
corporativos o de grupos que proceden como verdaderas mafias. Aquello colmó toda medida e
impulsó las jornadas de protesta ciudadana. La caída de Lucio Gutiérrez fue también un
segundo rechazo de Quito a Abdalá Bucaram y todo cuanto él representa para la política
ecuatoriana.

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