El piso en la política
Rodrigo Villacís Molina
Hay ocasiones en que aun el cronista que
habitualmente escribe sobre el fenómeno cultural (¡porque alguien tiene que hacerlo en
las páginas de opinión!) se ve impedido a meter pico en la espesa colada de la
política. Y la circunstancia actual lo exige, porque uno, al fin y al cabo, no vive en
otra galaxia. Los medios de comunicación le tienen a cualquiera en contacto con lo que
ocurre en el mundo, no se diga en su entorno inmediato, y admiramos a quienes por sus
funciones en tales medios deben ocuparse a diario de una temática que, por sus
repugnantes distorsiones, exige con frecuencia guantes y mascarilla. Cuando se trata de
los columnistas, me sorprende con frecuencia su capacidad de percepción y de análisis,
que me ayuda a reflexionar sobre lo que ocurre en este país, o "paisito", como
lo llaman compasivamente algunos, al cual no dan tregua los improvisados y los malandrines
que siempre están encaramándose en el poder para medrar desvergonzadamente de él. Y me
duele, como a todos los ecuatorianos de bien, que no dejemos de navegar a oscuras y a la
deriva, sin que tengamos a la vista faro alguno que nos guíe.
Ahora mismo parece que estamos cerrando un nuevo episodio de nuestra atormentada historia,
cuando el pueblo de Quito, con el valor y la conciencia de siempre, ha echado del Palacio
de Carondelet a otro de los sujetos que nunca debieron estar ahí. Este engañó a sus
electores como un charlatán de feria cualquiera y, en lugar de gobernar, se dedicó a
favorecer a sus parientes y áulicos, a decir y desdecirse, demostrando una absoluta
ineptitud para el cargo que se le había confiado; hasta que, enredado en sus propios
errores -sobre todo los atentados contra la institucionalidad de la República-,
pretendió sostenerse vendiendo su alma al diablo. Lo malo, para él, fue que ese diablo
era demasiado conocido y por tanto no pudo ejercer sus malas artes, viéndose obligado
también a escapar, dejando un penetrante olor a azufre en el ambiente.
En este breve capítulo, que está a medio cerrar, se han dado algunos hechos dignos de
ser destacados: 1. La clase política, desprestigiada al extremo, fue marginada con
desprecio, y el pueblo demostró que podía actuar por su cuenta, y conseguir sus
propósitos. 2. Sin embargo, se echó de menos la presencia de una élite, no precisamente
política (más bien gente honesta, gente pensante, gente altamente capacitada), que
tomara en sus manos la bandera de las aspiraciones nacionales. 3. La televisión fue
sometida a una dura crítica por su tendencia a vanalizar los hechos, pero algunas
estaciones reaccionaron positivamente y cumplieron una buena jornada. 4. Una pequeña
estación de radio demostró la fuerza que tiene la palabra cuando es oportuna y responde
a una necesidad perentoria. 5. La prensa escrita, por lo general, cubrió eficientemente
la revuelta de los forajidos, con páginas que conservará la historia.
Esperemos (la esperanza es lo último que se pierde) que el nuevo Gobierno actúe
racionalmente y de buena fe, y que la deplorable opereta del coronel Gutiérrez y su
perversa comparsa no se repita nunca.
Publicado el 29/04/2005

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