Axê, Paco
Juan Montaño Escobar
En la
última década, el ejercicio de la política entendido como el arte de crear bienestar
para la gente termina con el escape de los esqueletos de los armarios y la estampida
gallinácea del artista principal. Se lleva cuatro dedos largos de espanto, el exilio y lo
que pueda arranchar a las arcas fiscales. El punto de quiebre de la empatía política
entre quienes gobiernan y quienes son gobernados se cumple inexorablemente. De un día
para el otro, el clima de gobernabilidad se encrespa con unas rabias populares que los
ciudadanos de otros países no entienden o entienden mal. ¿Perpetuos levantiscos los
ecuatorianos? De ninguna manera. El promedio popular ecuatoriano es aguantador. A veces
demasiado sufridor. En los barrios, se sufre de pésimos servicios básicos y se los paga
caros; el ciudadano de a pie sabe que, si no es palo grueso, cualquier mínima infracción
legal le costará un dineral o, al final, un juez maldito lo meterá preso; la televisión
ecuatoriana lo condena a mirar a delincuentes con catadura de políticos opinando sobre
cómo arreglar al país que ellos desbaratan todos los días de la peor manera posible; la
familia ecuatoriana promedio sabe que tiene la peor educación escolar del mundo.
Sí, el ecuatoriano promedio es sufridor. En cada ciudad del país se sabe con pelos y
señales quiénes son y en dónde viven aquellos que se afanaron la guita pública y hasta
se les acepta en nuevos cargos para que hagan lo único que suelen hacer: robar al
descaro.
El ecuatoriano medio conoce que los grupos económicos con sus diversas cámaras son el
poder político real en el Ecuador y son ellas quienes acomodan la economía nacional para
sus desfondados bolsillos. Sabe quiénes son esos caciques nacionales y provinciales, con
nombres y apellidos, que expulsaron del país, por sus angurrias devastadoras, a millones
de ecuatorianos, hombres y mujeres. Los escucha en los programas de televisión opinar
sobre cómo mejorar 'su país', pero, en ese 'país', no cabe el ecuatoriano promedio.
Acepta las deplorables mentiras mesiánicas de cuanto charlatán de feria se le atraviesa
en el camino a sabiendas que es engañador desmesurado.
En cuanto le alcanzan las frustraciones al ecuatoriano medio, grita para que salgan los
esqueletos de los guardarropas. Esas apariciones huesudas y trágicas cargan con las
culpas propias por hacerle trampas a la historia, sea por presunta ingenuidad o por
'batracismo' irresponsable. Por todo eso y por no ser nosotros, los ciudadanos, mejores
actores políticos que aquellos que elegimos para que nos hagan la vida de cuadritos. La
responsabilidad de ciudadanos, hombres y mujeres, debería transformar nuestras rabias
gigantescas en política esencial y no en culpa comunal. Así de fácil, así de sencillo.
Hicieron bien los ecuatorianos de Quito en no llamar a esqueletos refundidos en los
armarios de la historia y mejor ser ellos quienes, convocados por Paco Velasco y otros
líderes hasta ahora anónimos, a no mostrar rabias inútiles, sino alegrías
esperanzadoras. Axê, Paco.
Publicado el 23/04/2005

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