No más de lo mismo
Fernando Bustamante Ponce
La caída
del presidente Lucio Gutiérrez es vista por el pueblo de Quito como una gesta heroica que
contribuyó decisivamente a alejar del poder a un régimen que -al margen de su
legitimidad de origen- había caído en el más total desprestigio, no solo por sus
innumerables torpezas políticas, sino por los atropellos, abusos e ilegalidades que lo
caracterizaron.
Sin embargo, la sucesión ideada por parte del Congreso Nacional parece similar a otras
anteriores que los patronos de la política nacional han puesto en práctica bajo
circunstancias análogas. En otras palabras, el pueblo y la juventud quiteños han luchado
y han arriesgado sus vidas para que un puñado de políticos tradicionales termine
quedándose con los réditos de su sacrificio.
La ciudadanía no salió a las calles para pedir que el poder le fuese entregado a los
partidos políticos que se opusieron a Lucio Gutiérrez en los últimos meses de su
gestión (porque al menos el Partido Social Cristiano apoyó al derrocado presidente
durante todo el año anterior hasta septiembre de 2004). La ciudadanía no deseaba ni
desea otra confabulación parlamentaria para expropiar los resultados de su lucha y
ponerla al servicio de las camarillas partidistas y de las organizaciones mafiosas que se
disputan a dentelladas el control de la política y de los poderes del Estado. La
ciudadanía se ha levantado para exigir e impulsar una drástica refundación de la
política y del Estado, que ponga, por fin, un término al estado de anarquía, ilegalidad
contumaz, corrupción y desgobierno en el que nos han sumido no solo Lucio Gutiérrez y
sus compañeros de ruta, sino el establecimiento político en su conjunto, el cual ha
quedado reducido a una asquerosa componenda de traficantes y a un espectáculo grotesco
que avergüenza a la nación.
El presidente Palacio, quien asume como resultado de otro bochornoso manoseo parlamentario
de la Constitución, lo hace con una muy débil y problemática legitimidad y carece de
una base propia de poder que pudiese permitirle actuar con la independencia y autonomía
que sería deseable. Carece de apoyo popular, no tiene una bancada parlamentaria que lo
respalde, enfrenta la frialdad y el escepticismo de las Fuerzas Armadas y llega a la
dirección del poder Ejecutivo como deudo del Partido Social Cristiano y en una relación
que es, sin duda, de supina dependencia con respecto a este partido y a sus dirigentes.
Más allá aún de sus intenciones, parece difícil que pueda desmarcarse de los
condicionamientos y servidumbres con que inicia su gestión. Ello hace difícil pensar que
pueda desarrollar otro programa como no sea el de ser un testaferro de los poderes
fácticos partidistas. Por ello, parece necesario ver la forma de acortar su gestión y
utilizarla para dar paso a un proceso político que permita, efectivamente, emancipar al
país de la férula de una clase política desprestigiada y establecer las bases objetivas
para un Estado de Derecho. De lo contrario, el nuevo período que se inicia no será sino
la triste repetición del mismo libreto que venimos presenciando desde 1997.
Publicado el 22/04/2005

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