Reacomodo de las mafias
Orlando Pérez
El Ecuador asiste a un momento
histórico: las tradicionales mafias políticas ceden terreno a las nuevas o al revés:
las 'modernas' mafias políticas ganan espacio, poder y protagonismo a esas organizaciones
disfrazadas de partidos políticos que han 'jodido' al país en los últimos 25 años.
Ese caos en el que está envuelta la nación, no es más que una pantalla con la que el
país de los políticos y el de los medios se 'divierten' mientras redibujan la geografía
de las mafias. O sea, los puñetes de Gilmar, los gritos de Omar o las rabietas del
'Pocho' no son la prueba de una disputa. Todos ellos representan y protagonizan, como
caretas, la real lucha que hay entre los grupos bucaramistas, leoncistas, borjistas,
noboístas, entre los más destacados, para ocupar los espacios del Estado que garanticen
la impunidad para sus negocios y proyectos.
Que Abdalá Bucaram, Alberto Dahik y Gustavo Noboa vuelvan no modifica en nada el
panorama; solo aumenta el nivel de show para distraer al país real. Que Lucio Gutiérrez
y la oposición se enfrasquen en crear "la mejor Corte de justicia de la
historia" solo reduce el problema a un asunto aparentemente trascendental y solo
revela qué cede el uno y el otro para poder controlar la Función Judicial.
La diferencia de la vieja mafia con la actual es, como dice Felipe Burbano, que la primera
sostiene la constitucionalidad como simple fachada, mientras la segunda "lleva las
fragilidades institucionales hasta un punto extremo, insostenible".
No creo que exista ese caos ni tampoco un estancamiento político porque las nuevas mafias
políticas (entiéndase bucaramismo, gutierrismo, noboísmo o independentismo)
protagonicen la usurpación abierta y descarada de la cortes. De un lado está el
agotamiento de un modo de hacer política, igualmente corrupto y mediocre. Y de otro, la
ausencia de una propuesta alternativa, novedosa, fresca y positiva para pensar el Ecuador
desde otras perspectivas (que lamentablemente en algún momento se pensó que estaba en la
izquierda o en Pachakutik). Por eso, en medio de ese vacío y agotamiento, la nueva mafia
llena todos los espacios y se legitima con un discurso antioligárquico y populista,
cargado de símbolos muy conectados con la 'cultura popular'.
Para el ciudadano con expectativas de vida moderna, con ansias de crear, producir y
mejorar la convivencia, la política mafiosa no le ayuda en nada. Por eso hace su propia
historia (que muy pocas veces la registran los medios) bien sea produciendo bien y con
ganas a costa de la incertidumbre o tomando la vía de la emigración, que no
necesariamente es para sufrir como escandalizan algunos canales de televisión, sino para
ampliar su universo de realizaciones, sin contaminarse de la ambición de las mafias
criollas.
Y no es que el calificativo de mafias sea peyorativa, solo explica y define la calidad y
forma de hacer política: destruir al otro para ocupar su espacio, sin ninguna posibilidad
de entender al país como un proyecto colectivo. O, ¿hay mucha diferencia con la forma de
actuar de las pandillas juveniles que bien se grafica en la película brasileña Ciudad de
Dios?
Publicado el 03/04/2005

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