¡Que se vaya!
Diego Araujo Sánchez
La población de Quito ha dado, otra vez, una
prueba ejemplar de participación cívica. En las manifestaciones que no han cesado desde
el miércoles por la noche gracias a la iniciativa de Paco Velasco de radio La Luna, se
revela el hartazgo de la ciudadanía por los engaños y atropellos del Gobierno. Al margen
de los partidos y figuras políticas y con formas imaginativas de protesta, la población
se ha volcado a las calles para expresar el descontento por la actual situación, pero
también la necesidad de un ejercicio de la política distinto.
La gota que derramó el vaso fue el regreso de Abdalá Bucaram: la capital no ha olvidado
la escandalosa corrupción, ni la ofensiva desvergüenza de su fugaz Gobierno. El
presidente cometió el peor error de su vida al pactar con el líder del PRE y ponerse en
su manos y en las de Álvaro Noboa: cuando los diputados gobiernistas asaltaron la Corte
Suprema de Justicia y el Tribunal Constitucional y se repartieron los Tribunales
Electorales, cantaron victoria, pero fue solo un triunfo pírrico. Gutiérrez, que llegó
a Carondelet con la oferta de combatir la corrupción y ha repetido que lucha contra las
oligarquías, se quitó otra vez la máscara y mostró sus contradicciones al favorecer la
impunidad del ex presidente acusado de corrupción y reforzar su alianza con aquellas.
El atropello a la justicia asumió una forma concreta por las providencias de Castro
Dáger que anularon los juicios de Bucaram; el despliegue de su regreso en la televisión
nacional, cuando hizo alarde de que volvía "más loco que nunca" y lo confirmó
en la tarima con la burda declaración de que hasta el Papa había esperado ese retorno al
país para después morir, trajeron otra vez a la memoria colectiva de los quiteños las
afrentas de Bucaram ocho años atrás, que llevaron a hacer realidad el masivo
pronunciamiento para que se fuera.
Los garroteros de la Corte de facto que desfilan para amedrentar a los ciudadanos; el
amparo que Castro Dáger concede al jefe de esa banda acusado de intento de asesinato; los
alardes del subsecretario de Bienestar Social, que amenaza con "sacar a sus
indios" en contra de quienes protestan contra el régimen; las contramarchas
promovidas por el hermano del presidente, el primo, el cuñado o el coronel Arboleda al
mando de turbas traídas a la capital o de burócratas obligados a mostrar agradecimiento
con el partido del Gobierno, son algunas de las más frescas señales de la degradación
política contra la cual se ha levantado Quito.
El problema actual sobrepasó el retorno al estado de derecho con la destitución de la
Corte; el rechazo al presidente Gutiérrez ha tomado tanto cuerpo que no se ve cómo
podrá seguir al frente del Gobierno.
El límite del extraordinario pronunciamiento del pueblo quiteño en las calles es la
orfandad absoluta de un aparato institucional confiable. Finalmente, ¿hacia dónde se
inclinará la balanza del mando militar? ¿Acaso no es evidente entrever que en la
institución armada se han generado divisiones, también como fruto del manejo político
del presidente? Otra vez el pacto con Bucaram es la encarnación del conflicto: ¿podrán
seguir impasibles las FFAA ante las violaciones constitucionales del régimen para
proteger al ex presidente que dijo que los militares solo servían para salir en los
desfiles, y uno de cuyos lugartenientes les acusó de chatarreros del Cenepa? ¿No es la
debilidad mayor de esta democracia que dependa de ese arbitraje?
Publicado el 18/04/2005

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