Constitución:
terapia intensiva
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Velaron y enterraron la Constitución porque la
consideraron fallecida, luego de una grave y penosa enfermedad no bien diagnosticada. ¿No
la enterrarían aún viva? ¿No se habrán apresurado los sepultureros en su afán de
librarse del cuerpo lo antes posible? El muerto y el arrimado hieden al tercer día.
Sabio principio que precautela la higiene pública y privada. La enterraron para que su
podredumbre no contaminara más el ya enrarecido medio ambiente social, político, ético.
Los de la funeraria cívica se propusieron salvarnos de la epidemia.
La Constitución no es privada, no es dama de compañía del mejor postor por su dinero,
su poder o su audacia. La Constitución es el país, ahí estamos todos, de uno en uno, la
nacionalidad, nuestra historia. Es la palabra de la ley, la voz de la norma, la presencia
del orden del que nadie puede marginarse, pues representa la condición indispensable para
existir como nación. Es lo que nos constituye, es decir, lo que nos provee de la calidad
de ciudadanos de un país, de un continente, de esta Tierra cada vez más pequeña, más
complicada y, también, cada vez más maravillosamente impresionante y nueva.
Quizá la enterraron viva, y ahora se despedaza a sí misma en la oscuridad de una tumba
infame. Vimos y sentimos sus ayes y desagarres en la marcha cívica de gentes traídas,
acarreadas, engañadas, compradas, aseguradas, disfrazadas, condicionadas. Llegaron para
testimoniar la entrega oficial de unas medicinas que, dicen, la salvarán la convertirán
en inmortal. Vimos su despedazamiento en elecciones de nuevos magistrados realizadas como
rito totémico de repartición humillante de este cuerpo aún no cadáver.
Así ha acontecido siempre, desde ese primer acto inaugural cuando, hace 175 años, se
arregló todo para que el acta de nuestro nacimiento se hallara atravesada por las
sospechas sobre nuestra legitimidad y soberanía. Así se convirtió en objeto de
atropellos, rompimientos, dictaduras militares. ¡Ah, los militares y su función de
protegerla para que nadie la irrespete!
¡Tantas veces que la han vejado, a sangre fría, con el pretexto de salvarla!
Luego de usar y abusar de su cuerpo, nadie ha ido a parar con sus huesos en la cárcel,
porque la debilidad tiene nombre de amnistías, perdones, olvidos concedidos por los
mismos que hoy se quejan, lloran y se rasgan las vestiduras.
Quizás ese sea el primer y más grave de todos los errores: haber elaborado una
Constitución tan débil en sí misma que requiera de los militares y sus armas para
mantenerse. Para mantenerse débil, diría. Las debilidades suelen terminar
convirtiéndose en buen negocio de muchos.
Muerta, no sirve para nada. Desenterrémosla. Aún hay tiempo para armar una sala de
terapia intensiva que nos permita a todos poner a prueba las iniciativas, la ética y
sentido cívico para volverla al lugar de nuestras identidades. Fortalecerla de tal manera
que nadie se atreva a convertirla en trapo de cocina. Hacerla sin esas trampas que han
servido para que todos por igual tengan razón cuando la interpretan.
Publicado el 25/01/2005

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