Técnica del golpe de Estado
Ernesto Albán Gómez
En un libro notable, famoso en su tiempo y a cuyo
título he recurrido para bautizar este artículo, Curzio Malaparte realiza la crónica y
el análisis de algunos cruciales episodios de la historia: desde el primer golpe de
Estado moderno, el del 18 Brumario de Bonaparte, hasta el fascista de Mussolini de octubre
de 1922. Con extraordinaria lucidez, detecta y disecciona los mecanismos que han utilizado
varios dictadores para usurpar el poder político de un país.
Malaparte sostiene, por otra parte, que su estudio está lejos de ser una imitación de El
Príncipe, de Maquiavelo, porque los argumentos, los ejemplos y la moral de esa obra
demuestran una decadencia tal de la libertad pública y privada, de la dignidad del
ciudadano y del respeto humano, que inspirarse en ese libro habría sido ofender a sus
lectores.
A primera vista, esta advertencia parecería ser válida también para aproximarse al
capítulo que se le olvidó a Malaparte: un golpe de Estado, criollo, en un país
latinoamericano del siglo XXI.
Claro que, en este caso, la técnica es bastante simple, casi elemental, pues lo más
característico de este golpe de Estado es que se fragua y se consuma desde el propio
poder; y que tiene el propósito, declarado o encubierto, que será lo más frecuente, de
controlar ilegítimamente a todos los órganos del Estado. La estrategia para obtener este
resultado es de sobra conocida y consiste en armar en el respectivo Congreso una mayoría
a favor; mayoría escuálida, pero mayoría al fin. Mayoría que se integra con sectores
de variopinta ubicación política, pero que se unifican por la coincidencia de
propósitos e intereses; aunque también es frecuente que, para ello, se utilicen los
diversos recursos, ilícitos por supuesto, de que dispone un Gobierno. Pero lo esencial es
que esa mayoría, para la consecución de tales objetivos, no tenga límites, que esté
dispuesta a todo, a irse por encima de las normas constitucionales y legales; a aprobar
cualquier absurdo mediante el arbitrio de expedir, no una ley, sino una resolución.
Resoluciones que, incluso, pueden servir para reformar la propia Constitución. De esta
manera, el golpe de Estado se consuma. Y, lo que es peor, se seguirá sosteniendo que no
ha habido ninguna ruptura del sistema democrático.
Por cierto, como el mismo Malaparte lo comprueba en su estudio, hay golpes de Estado que
fracasan, que resultan fallidos. Ello depende de varios factores, pero, fundamentalmente,
de que los ciudadanos del país en que se produce la intentona no hayan perdido la
dignidad y el respeto; y de que subsistan, al menos, algunos reductos de libertad pública
y privada, desde los cuales se podrá mantener la resistencia a la prepotencia del poder.
El tolerar un golpe de Estado, por cobardía, desidia o cálculo, es, sin duda, la muestra
más dramática de la pérdida de valores y condena a una sociedad a no salir de un
lamentable estado de postración.
Publicado el 14/12/2004

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