Celebrando
un golpe de Estado en el salón de la democracia
Carlos de la Torre
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Lucio Gutiérrez y sus
allegados intentaron durante mucho tiempo ganar el favor popular en las calles |
Pasados los 'chuchaquis' y las ronqueras de los de Sociedad
Patriótica, no está de más preguntarse qué celebraron Lucio Gutiérrez, sus familiares
y partidarios el pasado 21 enero. Tal vez estaban felices de tener trabajo en el Estado. A
lo mejor estaban dichosos de completar un año de Gobierno, hazaña en esta época en la
que botar presidentes se ha convertido de nuevo en deporte nacional. La versión oficial
fue que se conmemoraba una gran fiesta de la democracia y el renacer de un país sin
corrupción.
No deja de sorprender que la fiesta en honor a un golpe de Estado fuera celebrada en el
Auditorio de la Democracia del Tribunal Supremo Electoral. Esto puede verse como una
jugada cínica de Sociedad Patriótica, pero más bien creo que refleja una manera de
entender la democracia que el partido en el poder comparte con otros políticos, líderes
de movimientos sociales, periodistas, científicos sociales y gente común. Democracia
para estos es la ocupación de espacios públicos en los que se aclama a un líder y se
abuchea a los oponentes. Según esta visión, la democracia no se basa en las decisiones
de las mayorías que votan por presidentes, ni en los procedimientos que regulan cómo
censurar o aun deponer mandatarios. Lo que importa para que haya democracia, dicen, es que
un grupo relativamente numeroso, pero menos numeroso de quienes votaron por un presidente,
ocupe espacios públicos y se autoproclame como la encarnación de la voluntad popular.
Este mito que la democracia basa y funda en las plazas, avenidas y estadios se ha usado
para calificar dentro y fuera del país como movimientos democráticos a los golpes de
Estado contra Abdalá Bucaram en 1997 y Jamil Mahuad en el año 2000. La fuerza de estos
mitos no permite interrogar cuáles fueron los intereses de quienes se aliaron o
escondieron detrás de los actos de masas que supuestamente refundaron la democracia. Y lo
que es peor, debido a que se silencia el debate público sobre las acciones de las Fuerzas
Armadas, nunca conoceremos qué pasó y qué estuvo en juego el 21 de enero. Nunca
quedará claro si fue una asonada en la que participaron oficiales menores del Ejército
en alianza con dirigentes de la Conaie o si se siguieron consignas de un sector de la
cúpula militar.
La lucha contra la corrupción sigue siendo parte del discurso del régimen. Está muy
bien que se busque la deportación de los corruptos que se fugaron del país. Pero esta
batalla, término que a lo mejor le gusta al presidente, debería ir de la mano con un
Gobierno transparente. En lugar de buscar cortarle la cabeza al diputado Haro y en vez de
amedrentar a la opinión pública y a la oposición, se deberían investigar las
acusaciones sobre las supuestas ventas de armas a la guerrilla colombiana y los supuestos
vínculos de la administración con el narcotráfico. Por último, hasta que esta
administración deje de ver al Estado como un pastel con cuyos recursos se da empleo a
seguidores, familiares y amigos, será muy difícil que la retórica presidencial en
contra de la corrupción se materialice.
Publicado el 24/01/2004
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