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Un testimonio
Una estudiante quiteña desde España
Hace cuatro días, es decir, el lunes 8 de
marzo hacíamos un minuto de silencio en memoria de Ricardo Ortega, periodista español
asesinado en Haiti el domingo. Este chico era de Denia, la misma ciudad en la que vivo
ahora y da la casualidad que estudió en mi mismo instituto. Y ahora, solo cuatro días
después nos vemos obligados a guardar 3 minutos más de silencio manifestando nuestra
solidaridad con las víctimas de este atentado ocurrido en Madrid el 11 marzo (algo que no
deja de recordarme al ocurrido en New York hace dos años y medio). En España se ha
instalado el dolor y aunque nosotros no seamos de este país y extrañemos mucho nuestro
Ecuador, nos sentimos unidos a estas personas más que nunca. Da igual quienes hayan sido
los autores de esta masacre, lo que importa es que demostremos el repudio que sentimos
hacia las acciones terroristas porque no tienen ningún sentido y nadie tiene derecho a
imponer sus creencias o ideología mediante la muerte y el terror. Yo no puedo hacer más
que expresarme con la mejor arma que poseemos; la voz... ¡SÍ A LA PAZ!
Pamela Landázuri
Denia-Alicante, España
Ney
muere en la puerta de un vagón
Quito 12 de marzo de 2004
Se reportaron cuatro compatriotas
desaparecidos. Los familiares permanecieron en un recinto ferial en Madrid

Familiares de las personas
desaparecidas y fallecidas acudieron al pabellón seis para reconocer a las víctimas de
la explosión
Para Nelson Ferrín la
noticia fue funesta. Vive desde hace un año en Madrid y acudió al recinto ferial Ifema,
junto a otros familiares, para enterarse de que su cuñado Ney Fernando Torres Mendoza,
hermano de su esposa, falleció en el atentado terrorista, y que su cuerpo se encontraba
en el pabellón seis, junto a otros cadáveres.
"Todas las mañanas viajaba a su trabajo en el área de la construcción y, al
parecer, ayer estaba junto a la puerta de uno de los vagones, salió volando y falleció;
mientras que su esposa, quien estaba en uno de los asientos, resultó herida y fue
conducida al hospital Marañón". Tenía 30 años, oriundo de Guayaquil, trabajaba en
el área de la construcción y tenía los documentos en regla.
"Los médicos nos confirmaron que el cadáver fue reconocido y es terrible aceptar
que un pariente perdió la vida", comenta Ferrín, de 40 años, quien junto a 20
familias aguardaba en un aula del recinto ferial, destinada para los ecuatorianos.
"Aquí estamos estrechos y no sabemos muchas noticias, solo nos toca esperar",
relata desde España.
Henry Chávez, comisionado de los Derechos Humanos de la Defensoría del Pueblo de Ecuador
en España, añade que está en permanente contacto con las autoridades españolas y
ecuatorianas para manejar información oficial y orientar a la gente en la búsqueda de
sus familias.
El cuencano Gustavo Lima, en cambio, se salvó de morir por escasos segundos. Se olvidó
las llaves, regresó a su casa y por eso llegó tarde a la estación del tren.
Lima salió temprano de su vivienda para dirigirse hasta San Sebastián de los Reyes en
busca de un nuevo trabajo que le recomendó uno de sus amigos. En el trayecto se percató
de que olvidó las llaves y optó por regresar, tiempo suficiente para llegar tarde al
tren que sufrió el atentado. "Cuando llegué, comenzaba a rodar y me quedé",
dijo el cuencano, que actualmente trabaja en un locutorio de Madrid.
Gustavo Lima se quedó parado en la estación de Atocha, cuando, de pronto, una fuerte
explosión sacudió el sector. "Vi cómo el vagón del tren volaba en pedazos",
contó a HOY desde su hogar, un poco más tranquilo y junto a su familia.
"No sabía qué hacer, me quedé aturdido, la gente corría y gritaba por todos
lados. Vi cómo la gente salía mutilada, quemada, y a otros que pedían auxilio con
gritos desesperados. Quise regresar a casa, pero estaba muy asustado, deambulé por las
calles. Creo que estuve en un parque, hasta que llegué a mi casa y me encontré con mi
madre (Germania Pérez) y mi hermana Clara".
La conmoción es general entre inmigrantes y españoles, cuenta Catalino Limones Perero,
un ecuatoriano que migró hace tres años y que vive en la Plaza Lavaties, Madrid, a siete
cuadras de donde sucedió el atentado. Aunque no presenció los hechos, el llanto de la
gente, la consternación y el conocer que otros compatriotas están entre las víctimas le
angustia.
Además, porque no sabe nada de su amigo Luis Salazar, quien trabaja en Guadalajara, en
donde ocurrió una de las explosiones. "Lo estoy llamando a su celular y no contesta,
parece que está fuera de área, Dios quiera que no le haya pasado nada".
(PC-RMT-MAP)
MAS INFORMACION
Para mayor información sobre la situación de los ecuatorianos en Madrid, comuníquese a
los siguientes teléfonos: Embajada de España en Quito: 2230 935/2549 570
Servicio de Emergencias en España: (0034) 91 5265 436
Defensoría del Pueblo en España:(0034) 91 4411 180(0034) 91 5428 497(0034) 677328994
henchavez@hotmail.com
Página web del Servicio de Emergencias de España: www.mir.es
Otras web:www.ruminahui.orgwww.madrid112.es
Peregrinaje por clínicas y hospitales de Madrid
Seis personas habrían ingresado por emergencia y cuatro por consulta externa
La cifra de ecuatorianos afectados por el atentado terrorista ocurrido ayer, en Madrid,
aún es incierta, señaló a HOY Francisco Carrión, embajador de Ecuador en España.
No obstante, señaló que se ha delegado a funcionarios de la Embajada para que recorran
los diferentes hospitales y anfiteatros, a fin de recabar la mayor cantidad de
información que permita determinar si entre las víctimas se cuentan ecuatorianos.
El embajador Carrión señaló que una vez que se tenga toda la información, esta será
remitida a la Cancillería, en Quito, para que sea difundida a los familiares. Versiones
no oficiales señalan que en Madrid se encontrarían alrededor de 250 mil ecuatorianos.
Carrión aseguró que en lo que se refiere a la atención médica tendrán el mismo trato
tanto los ciudadanos legales como los indocumentados. En caso de ser necesaria, la
repatriación se hará con una aerolínea española. (EY)
Colapsa la conexión con España
En Quito, Guayaquil y Cuenca la gente intentó conectarse
A las 15:15 de ayer, en un local de cabinas telefónicas en Cotocollao, en Quito, después
de 13 horas desde que estallaron las bombas en los vagones en Madrid, Milton Alvear, de 42
años, no podía contactarse con sus seis hermanos, quienes viven en España. "Me
enteré del atentado a las 06:00, intento comunicarme desde entonces, pero las líneas
están congestionadas".
De las cuatro cabinas del locutorio, tres estaban ocupadas con personas que intentaban
saber cómo estaban sus familiares. "Una señora quizo averiguar toda la mañana,
pero no pudo, porque las líneas estaban congestionadas, pero le llamaron desde allá y se
enteró que su hermana estuvo en el tren y sufrió heridas graves en la cabeza.
María Cisneros facturó $60 en llamadas internacionales hasta la tarde, porque otras no
se concretaron. Ella recuerda que lo mismo ocurrió el 11 de septiembre de 2001.
En otro locutorio, ubicado en Santa Anita, al sur, se facturaron $300, en siete horas.
"El 70% de las comunicaciones fueron a España", dice su propietario, Alfredo
Castillo, quien logró hablar con su cuñado que está en Madrid y que una hora antes del
atentado pasó por esa estación.
En Guayaquil ocurrió lo mismo. Tomás Cajas llamaba con insistencia a su tío Manuel
Astudillo, quien reside en Madrid desde hace dos años. Se sentó a esperar en las sillas
de las oficinas de Andinanet, en la Nueve de Octubre y Chimborazo, mientras que Alicia
Almendares se apresuró a buscar en la computadora de su trabajo y se tranquilizó al no
ver el nombre de su madre.
En el locutorio Sauces IV, normalmente se realizan 25 llamadas y ayer fueron 350. Según
Pacifictel, se registraron 4 000 llamadas de operadora en cinco horas, cuando normalmente
son 100. En Etapa, la demanda subió en un 80% y en Andinatel en un 103%. (SC-MAP-AM-CB)
La gente desesperada abarrota la Cancillería
Familiares y amigos de inmigrantes en España acudieron a la Defensoría del Pueblo
Juan Salazar, religioso de la comunidad del Verbo Divino, proveniente de la provincia de
Los Ríos, no pudo comunicarse con su hermana Angélica y con sus tíos que viven en
Madrid. Por eso acudió a la Cancillería en Quito, a verificar si es que sus nombres
constaban en la lista provisional de heridos, proporcionada por el servicio 112 de Madrid.
Recién al mediodía de ayer se enteró de la noticia de los atentados ocurridos en Madrid
y regresó a su congregación con la noticia de que el nombre que buscaba no estaba entre
las primeras víctimas, pero continuó tratanto de comunicarse con España. (MAR)
"Gracias
a Dios, sólo está herido", afirma testigo
11 de marzo de 2004
Madrid.- "Gracias a Dios, sólo está
herido", afirmó con cierto alivio Florentina Purizaga, 46 años, que vivió cuatro
horas de angustia e histeria hasta saber que su marido, gravemente herido en los atentados
de Madrid, estaba con vida y había sido hospitalizado.
Tras cuatro horas de gran inquietud y ansiedad, supo entonces que su marido había sido
ingresado en el Hospital 12 de octubre, en un "estado grave".
En el salón de actos del hospital, cerrado al público, el ambiente era más bien
lúgubre, con pequeños grupos de personas, muchos llorando. Los voluntarios pasaban con
bebidas calientes.
"Cuando se ve un atentado en televisión, siempre piensas que eso sólo le pasa a
otros. Pero cuando te toca a tí, piensas que es imposible, no acabas de creértelo. Lo
que han hecho es una barbaridad. No hay palabras para esto. Son unos sinvergüenzas",
declaró Florentina.
Luego concluyó, repentinamente mucho más segura de si misma: "¿Si voy a votar el
domingo? Claro que voy a votar. Tenía dudas pero se disiparon. Tengo claro en mi cabeza
por quién voy a votar. Estoy con el Estado español. No vamos a dejarles hacer lo que
quieren", concluyó. (AFP)
Cadáveres
sobre las vías del tren...testigos cuentan el horror
MADRID.- Los bomberos trabajaban el jueves entre las vías del tren, donde yacían
todavía numerosos cadáveres, para intentar liberar a las víctimas atrapadas en los
restos de dos de los cuatro trenes reventados por el cuádruple y ciego atentado que
causó 190 muertos y más de 1.200 heridos en Madrid.
En la estación de Atocha, una joven ilesa explicaba a la prensa que los vagones estaban
llenos de estudiantes: "había gente que, como yo, iba al instituto. Era una
sensación extraña, no tengo palabras para explicar lo que siento... había muertos en
las vías... gente con la cabeza destrozada".
"A la entrada de Atocha no ví nada, todo se borró de golpe, se me cayó el techo
encima y no me acuerdo si era por la puerta o la ventana, pero sé que salté sobre las
vías. Tengo el tímpano perforado, tengo algo en la pierna y los ojos quemados, pero
estoy bien, comparado con otros...", decía otro viajero.
A esta hora de la mañana, los vagones iban llenos de trabajadores y estudiantes que
tomaban todas las mañanas la misma línea cuya terminal es la estación de Atocha, en
pleno corazón de Madrid.
Según un hombre que vive enfrente de la estación, Rafael Martín, el lugar estaba
"lleno de trozos de carne por todas partes".
En la estación periférica de Santa Eugenia, viajeros impactados manifestaron su horror
ante los cadáveres y los cuerpos de heridos tendidos sobre las vías que debían pasar
por encima para llegar a los andenes.
"Fue horrible. Tras la explosión la gente se arrojó al suelo, luego salimos,
comprobamos que no venía ningún tren del otro lado y cruzamos la vía. Había muertos y
heridos por el suelo, la gente corría en todas las direcciones, con los rostros
ensangrentados y gritando", cuenta entre llantos una estudiante, Isabel Vega. Según
continuó, la explosión se produjo en el vagón central, al que sube mucha gente para
poder salir antes".
"Era una imagen dantesca y apocalíptica", resumió José García, que se
encontraba cerca de la estación de Santa Eugenia. (AFP)
Atocha: la
espera de los socorristas para empezar su trabajo
MADRID, Mar 11 (AFP) - Decenas de socorristas concentrados frente a la estación de Atocha
sabían que les esperaban muchas horas de trabajo para sacar los cadáveres del tren
reventado por una bomba en la entrada de la más antigua estación ferroviaria de Madrid,
mientras los vecinos expresaban su horror.
Cuatro explosiones abrieron por la mitad dos de los cinco vagones de un tren suburbano que
estaba esperando un cambio de agujas para ingresar en la estación de Atocha, en el sur de
Madrid. Por lo menos 59 personas murieron en Atocha, en siete deflagraciones registradas
en plena hora punta, que el gobierno atribuyó inmediatamente a la organización
separatista armada vasca ETA.
La policía colocó cordones de seguridad alrededor de la estación impidiendo firmemente
a los curiosos mirar en dirección a las vías.
Sin embargo, desde los edificios contiguos a la estación, a lo largo de la calle Téllez,
se podían distinguir los vagones destrozados con enormes agujeros de más de cuatro
metros de ancho, con cables arrancados y asientos pulverizados.
Cuerpos cubiertos con mantas térmicas yacían en el suelo. A un lado, sobre las vías,
seguían los restos del convoy destrozado, de los asientos, de donde colgaban pedazos de
ropa o páginas de diarios.
La explosión fue tan potente que los inmuebles vecinos se vieron alcanzados por trozos de
metal del tren y algunas ventanas hasta el quinto piso volaron en pedazos, sin, no
obstante, causar más heridos.
Decenas de bomberos, voluntarios de la Cruz Roja y de los equipos de emergencia
reconocibles por sus uniformes fluorescentes se afanaban en retirar los cuerpos atrapados
entre los amasijos de hierro en que quedó reducido el tren.
"No es una tarea agradable, es duro para los nervios y puede eternizarse, estoy
cansado", confesaba con seriedad el único miembro de los equipos de rescate que
accedió a hablar con la prensa.
Debido al gran número de víctimas de la cadena de atentados sin precedentes de este
jueves en Madrid, las autoridades decidieron reagrupar los cadáveres en un depósito
improvisado en los locales del Parque Ferial Juan Carlos I, al norte de la capital
madrileña.
Tras los cordones de seguridad en la calle Téllez, los habitantes expresaban sus
opiniones con dureza. "Ojo por ojo, diente por diente, hace falta la condena
perpetua, la muerte para estos asesinos", afirmaba entre lágrimas una mujer.
En este barrio obrero compuesto por torres de cemento cuyo único horizonte es la chatarra
de la estación, la emoción imponía un grave silencio roto a ratos por el ulular de las
sirenas de ambulancias.
"No quiero hablar, si no me voy a poner a llorar", dice una mujer, antes de
añadir "oí las explosiones, eso es todo. No tengo dudas, es ETA".
En la sede del sindicato Comisiones Obreras (CCOO, cercano a los comunistas), la emoción
era intensa en el momento en que las radios anunciaban un nuevo balance: 186 muertos y
1.000 heridos.
Una militante llora en la terraza que da a las vías, mientras afirma, "es extraño,
todos estos muertos, habrá que comprobar que se trata de ETA, verificar los explosivos,
¿por qué no han advertido? No habrá que tener como única prueba el hecho de que ya se
había evitado un atentado de ETA en una estación", en Navidad, en la estación de
Chamartín, también en Madrid.
Las preguntas flotan en el aire y Javier Peña, un compañero, agrega: "¿Pero quién
puede ser si no, francamente, islamistas? En Nueva York, vale, pero ¿por qué en
Madrid?".
Los madrileños acuden masivamente a donar sangre para las
víctimas
MADRID, Mar 11 (AFP) - "Vine corriendo cuando oí que se necesitaba sangre para los
heridos", dijo a la AFP Fernando Lavarga, un informático que hacía cola en una
unidad móvil instalada en la célebre Puerta del Sol tras los atentados que causaron 186
muertos y un millar de heridos en Madrid.
Poco después de las explosiones, entre 200 y 300 personas, todas ellas con tarjeta de
donante, las únicas autorizadas, esperaban en fila para poder donar su sangre.
Algunos blandían páginas en las que podía leerse "ETA no", en referencia a la
organización separatista vasca armada a la que el Gobierno español atribuyó formalmente
la serie de atentados.
"Me lo dieron cuando llegué", explicó Lavarga, que se dirigía a su trabajo
cuando escuchó la noticia. "Llamé a la oficina y me dijeron 'adelante'. Es
horrible, es el atentado más grave de la historia de España, y de lejos. Tengo un
sentimiento de dolor pero también de rabia. Son unos carroñeros".
La fila se iba alargando poco a poco porque los enfermeros del autobús sólo podían
atender a una decena de personas cada 20 minutos.
"Llevo dos horas en la cola pero esperaré el tiempo que haga falta. Vine del trabajo
cuando me enteré de la gravedad del atentado", explicó Pablo Zavala, un economista
de 34 años.
"Espero que pueda ayudar. No entiendo cómo se puede hacer una atrocidad como
ésta", agregó.
Un poco más atrás, Angela Iranzo, de 23 años, se comía un bocadillo. "No he
desayunado, sólo me he tomado un café. Soy donante habitual y sé lo que pasa. Si no
como, me rechazan porque tengo la tensión baja", explicó.
"Es horrible, cojo el tren todos los días y me pongo en el lugar de esta gente.
Mañana cuando suba al tren para ir a trabajar seguro que tendré miedo. Es un atentado
horrible", explicó la joven.
Este atentado se produce "en plena campaña electoral", agrega. "Llevamos
semanas y semanas de campaña hablando de los contactos de (el líder del partido
intedepentista Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Josep Lluis) Carod-Rovira con ETA
y ahora esta bomba. Están instrumentalizando el terrorismo. Todos los partidos han hecho
una campaña ridícula, todos".
Al cabo de un rato, un furgón de la policía emite varias veces el mismo mensaje por los
altavoces: "Habla la policía. Gracias a la ciudadanía hemos almacenado suficiente
sangre. Necesitaremos más sangre en los próximos días".
Tras escuchar el mensaje, Angeles Iranzo concluye: "Está colapsado. Volveré".
Horror y angustia en la estación de Atocha, en el corazón
de Madrid
MADRID, Mar 11 (AFP) - "Había gente tirada por el suelo, vi muchos heridos
ensangrentados y un señor muerto", relató todavía aturdido Francisco Alberto, un
dominicano de 25 años que vio la mañana del jueves cómo estallaba un tren que estaba
entrando en la estación madrileña de Atocha.
Diez bombas estallaron entre las 07H30 y 08H00 locales (06H30 y O7H30 GMT) en tres
estaciones de trenes de Madrid y su periferia, causando al menos 186 muertos y un millar
de heridos, en una serie de atentados que el gobierno español atribuyó a la
organización separatista armada vasca ETA.
"Iba hacia la vía tres a tomar el tren y en eso vi cómo el tren se partía por la
mitad", explicó Alberto a la AFP.
En Atocha se produjeron tres deflagraciones en un tren que estaba en los andenes y cuatro
en un cambio de agujas a la entrada de la estación, a la altura de un callejón lindante
con la parte trasera de esa estación de ferrocarriles, que provocaron al menos 90
muertos.
Veinte minutos después de las explosiones en la estación de Atocha, la policía evacuó
el edificio y acordonó el sector doscientos metros a la redonda.
Ante el temor de nuevas explosiones, curiosos y periodistas debieron permanecer detrás de
una cinta de seguridad.
"Había gente tirada por el suelo. Gente tapándose la cara ensagrentada y un chico
con un tubo atravesado", relató este dominicano que iba a trabajar, y que
afortunadamente debía tomar otro tren.
"Desgraciadamente ví muchos heridos y un señor muerto", agregó Alberto, antes
de que la congoja le impidiera seguir hablando, rodeado de cámaras de televisión y
curiosos.
A metros del Paseo del Prado y en medio del ulular de ambulancias y coches de policía, el
peruano Iván Paico intentaba que alguien de las fuerzas de seguridad le ayudara a
localizar a su sobrina.
Paico llegó a las inmediaciones de Atocha poco antes de las 09H00.
"Me llamó a las ocho y cuarto para avisarme que estaba en Atocha, herida y que no
podía respirar", se lamento Iván interrogado por la AFP.
Su sobrina, Meline Hinojosa, de 28 años "suele subirse en el primer vagón para
bajar enseguida", explicó Iván, mientras se le desfiguraba la cara imaginando lo
peor, al escuchar que alguien comentaba que una de las bombas había estallado en el
primer vagón y otra en el último.
Escenas de horror y desesperación de familiares angustiados por el paradero de sus seres
queridos se repitieron en las otras estaciones de trenes, como en Santa Eugenia, menos de
10 km al sudeste de la capital, blanco de esta cadena de atentados perpetrada a tres días
de las elecciones generales del domingo.
"En Santa Eugenia la gente tenía la cara llena de cristales y ensangrentada, con
hemorragias en las piernas", explicó Enrique Sánchez, uno de los primeros
socorristas en llegar a esa estación, ubicada en el corazón de una barriada obrera.
"No encuentro palabras para describir esta masacre", relató Sánchez, del
servicio de emergencias 112, asegurando que "al principio, la gente no se daba
cuenta, pensaba que se había derrumbado el techo".
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