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REGRESAR A INICIO - ANIVERSARIO - 17 AÑOS (12111 bytes)

 

Ahorro y botaratismo

Mientras Rolando Vera cada año llegaba
primero en la San Silvestre, políticos de la talla
de Dahik corrían sus propias maratones

Por Francisco Febres Cordero
Editor metropolitano

Creo que me dí cuenta que estábamos en crisis cuando Osvaldo Hurtado, en una entrevista de televisión, nos dijo que no comiéramos alverjas. Y entonces dejamos de comer alverjas, no porque hubiéramos hecho caso al doctor Hurtado y a su amplia sabiduría culinaria, sino porque estaban carísimas. Pasamos a comer lechugas, que estaban baratísimas, hasta que las alverjas, por ausencia de demanda y sobra de oferta, bajaron de precio.
Después, el doctor Sarrazín, rubicundo ministro de Salud del mismo doctor Hurtado, nos aconsejó que no tomáramos leche. No porque estuviera carísima, sino porque no era necesaria para nuestra subsistencia, ya que la requerían solo los niños de pecho. Y los terneros, claro. Siguiendo el consejo del doctor Sarrazín dejamos de tomar leche. Y no solo eso, sino que dejamos de tomar whisky, también: lo sustituimos por un ron criollo que no sabía mal. Con eso, ni siquiera nos acordábamos de tomar leche. Ni falta que nos hacía, tampoco.
CARICATURA (48240 bytes)Muchos años después me di cuenta de que ya no vivíamos en crisis cuando llegué a mi casa con unas naranjas que de tan amarillas parecían víctimas de hepatitis, compradas en un supermercado; con ellas hice un jugo jugosísimo que, generosamente, invité a beber a la Cata. Ella, saboreando la dulcedumbre, me preguntó que dónde había comprado naranjas con tales virtudes. Le conté. Entre sorbo y sorbo me averiguó que cuánto habían costado. Y entonces, de pregunta en pregunta y de respuesta en respuesta, descubrimos, aterrorizados, que esas naranjas venían de California y valían su peso en oro. En el futuro me cuidé de revisar si aquello que compraba en el supermercado era un producto nacional o era de aquellos importados, de los cuales estaban repletos los anaqueles. Las Bahías. Y las boutiques.
Y es que en estos 17 años hemos pasado de la crisis a la opulencia; del ahorro al botaratismo; del consumo de lo nuestro al consumo de lo foráneo; de los zapatos Bunky a los Hush-Puppies; de los bluyines Imán a los Pepe; de la calle Ipiales a los mall; de Salinas a Miami; de los Suzuki a los Pathfinder; de los telegramas a los E-mail; de los archivadores al software; del cebiche de concha al Viagra. Es decir, en un raro ejercicio de equilibrio, estuvimos con un pie en el primer mundo. Y con el resto del cuerpo en el tercero.
Al promediar el último tramo del febrescorderato (donde la crisis era, sobre todo, de valores) la vida me llevó a Esmeraldas. Matriculamos a nuestros hijos en una escuelita de un pueblo aún no descubierto por el turismo; el establecimiento, aunque fiscal, estaba bien dotado de infraestructura física. Lo único que faltaba para que la educación fuera perfecta eran los profesores, que iban hasta allá un día sí y cuatro no: todos vivían en la ciudad y la mayoría había optado por la carrera de filosofía. Calculo que sus estudios deben haber sido exigentísimos y dificilísimos porque ahora, ya graduados, he visto a algunos dedicados a la labor de la pesca de larvas de camarón, para lo cual se requiere conocer a Hegel al revés y al derecho, por lo menos.
Así como los profesores no iban a sus clases, los trabajadores de la malaria no fumigaban y los basureros no recogían los desechos. Un día llegamos a la ciudad de Esmeraldas y, a la distancia, las calles tenían el aspecto de que por allí había pasado un desfile con serpentinas y confeti. Solo cuando comenzamos a recorrer las vías, comprobamos que lo que parecía papel multicolor eran cáscaras, plásticos, latas, animales muertos. ¿Qué había pasado? Luego de soportar una larga huelga de basureros, la ciudadanía se organizó y recogió los escombros para ir a tirarlos lejos. Los basureros consideraron que esa acción era una afrenta contra su honor, acopiaron la mayor cantidad de suciedad y, al grito de "nadie toca nuestra basura", la esparcieron en medio de las vías. Tiempo después, en esa provincia se enseñoreó el PRE, que volvió a encargarse de tirar toda la inmundicia política que logró almacenar.
A nuestro regreso a Quito, mis hijos entraron en crisis hasta adaptarse a las estúpidas exigencias escolares, y yo continué haciendo lo que había hecho antes: periodismo cultural. La pintura estaba en auge, las exposiciones se abrían con cocteles envidiables y el Estado cumplía su generoso papel de mecenas. Hubo proliferación de galerías, y una pléyade de nuevos artistas exponían por primera vez. Hoy, muchas de esas salas están cerradas y varios de esos artistas enfrentan su personal crisis de los cuarenta, con inciertos resultados. Varios, como Guayasamín, Aracely o Endara, han muerto físicamente. Y otros, vivísimos, yacen sepultados para el arte.
Las salas de cine clamaban por un público que se negaba a asistir para ver, incómodo, filmes que aparecían tardíamente y se exhibían con rayaduras, pésimo sonido y burdos cortes hechos a machete. No llegaban aún las multinacionales que lograron dignificar el espectáculo y dejar que los aficionados vieran las cintas en cómodas butacas, entre los crujientes sonidos de "pop corn" y gélidos sorbos de una burbujeante coca-cola.
CARICATURA (37199 bytes)Los videos pirateados fueron relegándose gracias a copias autorizadas, en que Rock Hudson luce en todo su esplendor enamorando a las más bellas, que esas copias las mantienen bellas y a él vivo, como si el Virus de Inmunodeficiencia Adquirida hubiera sido solo un fantasma incapaz de alcanzarlo y llevárselo a la muerte con otros tan grandes como Rudolf Nureyev o Andy Warhol. Vivo también está, en los clubes de video, Yull Brynner que cometió en su vida un gordo pecado: abjurar del cigarrillo e imputar a su viejo placer de fumar el cáncer al pulmón que lo condujo a la tumba, cuando el cigarrillo es el elemento humeante que nos insufla fuerzas en este mundo cada vez más polucionado por otros efluvios bastante más perniciosos.
Durante el gobierno de Rodrigo Borja, Andrés Gómez ganó el Roland Garrós y no recuerdo si Borja fue a París para felicitarlo o para recibir uno de los tantos títulos honoris causa que almacenó durante su mandato. César Verduga era el paladín de los Derechos Humanos, además de un político gordiflón y sagaz, que nadie imaginaba que podría terminar feriándose reservadamente la plata de un Estado cada vez más escuálido.
Mientras Rolando Vera cada año llegaba primero en San Silvestre, políticos de la talla de Dahik habían corrido sus propias maratones hacia el exterior. Las fugas se fueron convirtiendo en habituales y la corrupción ganaba espacio en todas las esferas de la sociedad, tanto públicas como privadas.
Todos nos alegramos cuando Marcelo Aguirre obtuvo un premio de pintura que, con el devenir del tiempo, tendrá el mismo nombre de una ley que nadie sabe aún para qué va a servir: Marco. Meses más, meses menos, Javier Vásconez se proyectó internacionalmente con una gran novela que refleja sus enormes dotes narrativas, a la que la crítica de aquí y de allá recibió con el mayor entusiasmo: "El viajero de Praga".
Los discos de plástico tuvieron que engrosar la larga lista de objetos caídos en la obsolescencia, en beneficio de los CD. Como la clonación de Dolly, la voz de Frank Sinatra se reprodujo del acetato al metal para mantenerse tan lozana como siempre. Y, a la par, Sixto clonó los discos de su columna por otros de un diámetro menor y una textura inocultablemente gringa.
Como gringa fue la amputación que hizo Lorena, la chica de Bucay, a su cónyuge John Bobbit, hecho que catapultó al país a las primeras planas, y a ella al mismísimo Palacio Presidencial y al Congreso ecuatorianos, donde fue recibida con los honores debidos a un heroína. Penosa, pero heroína al fin.
Esta última crisis que estamos atravesando, que además de económica es política y, sobre todo, moral, me ha cogido al filo de la cincuentena y, por lo tanto, profundamente desencantado y mahuadísticamente aburrido.
Quizá solo por el prurito de refrescarme, esta crisis debería traer, aunque sea a manera de préstamo "stand-by", a los gordos Torbay que deambularon por el poder con su adiposo cinismo, a los Diegos (Paredes y Cordovez) con su almidonada vanidad, a las Alicias y sus aromáticos aromas, a las Sanrrita Correa con sus frases extraídas del súmmum del pensamiento universal, a los Jacobitos con sus Aduanas y sus discotecas, a los Vicente Estrada con sus calzoncillos Pierre Cardin nunca encontrados, y hasta Abdalá con sus cuarenta ladrones. Porque si no, dudo que pueda soportar el fin del milenio apoyado sólo en el primero y último chiste de Mahuad: el de las armonías.


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