Ney Yépez Cortés

(Quito,
1968). Escritor, periodista, compositor, conferencista de temas de Nueva Era, maestro de
T´ai Chi Qigong, Reiki Master y Terapeuta Holístico.
En 1990 publicó sus primeros textos de poesía en la revista de
creación literaria Ixo Facto, de tendencia surrealista; varios poemas y ensayos
periodísticos en la revista universitaria La coz cultural, de
la Facultad de Comunicación Social y otros textos suyos en el libro colectivo Teoría
del Absurdo, editado por la misma Facultad.
Primer lugar en el concurso de poesía organizado por la Federación de
Estudiantes Universitarios (1991); primer lugar en el concurso de vídeo-ficción
como realizador, guionista y director del cortometraje para televisión Azulinaciones,
basado en la novela homónima de Natasha Salguero (1993). En 1998
aparecen algunos de sus cuentos cortos de terror psicológico en varias páginas web de
literatura hispanoamericana y en 2000 uno de sus relatos es tercer
finalista en el concurso internacional de ciencia ficción Nébula.
Colaboró en una fundación científica de apoyo infantil, en la que fue editor general y
autor de un artículo para el libro de investigación La Conciencia Índigo,
futuro presente, publicado en abril del 2003. También es autor de
varios manuales de difusión de disciplinas orientales: Tui Na Shou Fa - la
técnica de manos, Chi Kung - el arte de la energía vital, Meditación y Visualización,
El poder de los Mudras, Iniciación Reiki Do, Feng Shui de la escuela Bagua, Reiki Qigong
- tratamientos avanzados, entre otros.
Bajo el sello editorial Eskeletra, en el 2001 publicó Mundos
abiertos, una recopilación de cuentos escritos entre 1993 y el 2000, obra que ya
está en su cuarta edición. En el 2003, para la misma editorial,
publicó el libro Historias Ocultas, que recoge una selección de catorce relatos
fantásticos. En el 2005 saldrá a la luz Los ecos del miedo, su
primera novela de este género. |
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(Cuentos)

EL
LABERINTO DE DIOS
La
materia es el envoltorio
Dios está en el interior...
La materia es la parte de afuera, lo externo,
el lado de adentro es Dios.
Tradición sánscrita
Casi a
rastras llegó a las puertas del templo. Las escalinatas esculpidas en piedra, blanqueadas
por la nieve, eran el último escollo en aquella delirante travesía por desfiladeros,
cascadas y bosques helados. Allí, en la cima del mundo, su cuerpo quebrantado y dolorido
parecía haber llegado al límite de su resistencia. Por eso aquella escalinata se le
antojaba agigantada, tremenda, inexpugnable.
El dolor y el frío le traspasaban y las lágrimas rodaron por el barbado rostro cubierto
de escarcha y lodo. Sus sollozos tornaron en risa compulsiva, ahogada, salida del
corazón. El buscador estaba eufórico, henchido de gloria. Después de todos esos meses
había llegado a aquel secreto nido del conocimiento.
Este era el final del recorrido que empezara años atrás, cuando los más profundos y
elevados pensamientos le impulsaron en una mística búsqueda de Dios. ¿Quiénes somos?
¿a dónde vamos? ¿de dónde venimos?
Espiritualidad, contemplación, iluminación, armonía, todas eran ahora palabras huecas,
carentes de sentido. Este camino le reveló desde un principio la presencia divina en su
interior, pero para este tipo particular de hombre, eso no era suficiente. Su ego, su
falta de humildad, su confusión lo esclavizaron en vez de liberarlo en tan elevada
cruzada. Ya no lo buscaba adentro sino afuera. Y se obsesionó. Él quería estar en la
presencia física de Dios, mirarlo cara a cara, reconocerlo, hablarle de frente, en cuerpo
y alma.
Miles de libros leídos, estudios con una docena de maestros y hombres sabios,
innumerables horas de meditación y oración, ejercicios para librarse de las ataduras de
la carne... nada pudo llenar las expectativas del buscador.
Para sus congéneres era casi un santo, un ser más allá de la materia, pero en su fuero
interno no estaba completo. Él quería unificarse con el Creador, volver a su esencia de
luz, pero en su actual estado físico. Por supuesto, su propia densidad había densificado
aquel elevado y sutil deseo. Por momentos el hombre estaba conciente que su búsqueda
estaba marcada por el falso ego y la vanidad, pero su motivación iba más allá de su
control y entendimiento.
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Quito, 30 de marzo de 2005 |
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